Alejandro Madrigal

Alejandro Madrigal

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Viernes 24 Febrero, 2017

Que un padre viole y embarace a su hija es un crimen. Que el Estado no le dé a la chica la opción de interrumpir su embarazo de inmediato también

El necesario derecho a interrumpir el embarazo

Seguimos viviendo en tiempos de inequidad y de violencia en toda dimensión. Hoy el país está hablando de la terrible noticia de la chica de 13 años que fue violada y, producto de ello, embarazada por su propio padre. Una atrocidad desde cualquier punto de vista, que refleja nuevamente lo más terrible de la sociedad machista, donde, como es usual, quienes ejercen la violencia son hombres y quienes la sufren son mujeres, como expuse en mi columna anterior.
Lo que más debate genera en este momento es, ¿qué será ahora de la chica con ese embarazo? Y a partir de esa pregunta han salido cantidad de respuestas absurdas, carentes de empatía y sobre todo fundamentalistas. Partamos del hecho de que nadie a sus 13 años de edad está listo para asumir maternidad o paternidad, y que obligar a una persona a ser madre o padre a tan corta edad es una injusticia, casi tan grave como haberla obligado a tener relaciones sexuales sin su consentimiento. Esta chica apenas habrá terminado la educación primaria, tiene toda su vida por delante. Requiere aún muchos años para concluir etapas básicas de la educación, aún más si quisiera formarse profesionalmente, y aún más para alcanzar algún nivel de madurez importante necesario para afrontar el reto de tener un hijo o hija y poder darle una crianza apropiada. Obligarla a llevar a término su embarazo, es ponerle fin a sus sueños, metas y posibilidades de desarrollo personal. Es obligarla a criar a alguien cuando apenas ella está empezando a criarse. Es injusto y sería un doble castigo para alguien que ya sufrió abuso sexual.
Por otro lado, no logro imaginar algo más retorcido que tener que criar a un hijo producto de una violación de tu propio padre. Es su hijo y es su hermano a la vez, y además es el recordatorio de por vida del abuso que ella sufrió cuando apenas tenía 13 años y del trauma que implica ser abusado por un ser tan cercano. En adición, es una realidad médica que el cuerpo de una mujer de 13 años difícilmente está preparado para afrontar un embarazo y mucho menos un parto. Efectivamente sería un embarazo de muchísimo riesgo, donde ella sufrirá secuelas y que pondrá en riesgo su vida.
¿Qué es lo que resulta humanamente lógico en este punto? Permitirle a ella interrumpir el embarazo de inmediato si ella lo desea, darle todo el acompañamiento psicológico necesario para sanar las heridas producto del abuso sexual y darle la facilidad y herramientas para que retome el camino por el que venía: el de una joven adolescente que no desea ni tiene la capacidad económica, física ni emocional aún para ser madre. Ya su padre trató de sacarla de ese camino contra su voluntad, y el Estado y cualquier otro que sostenga que ella debe concluir su embarazo aun si ella no lo desea, defiende que nunca más pueda retornar al camino por el que ella venía antes del abuso sexual. Es decir, es hacer permanente el sufrimiento que ella vivió, en lugar de buscar compensarle por ello.
Resulta muy chocante que las personas que sostienen que ella no pueda interrumpir su embarazo defiendan más los derechos de un cigoto, de un cúmulo de células amorfo que aún no está ni cerca de ser una persona, por encima de los derechos de esta chica, una persona en toda dimensión, con pensamientos, identidad, familia, sueños, metas y aspiraciones. Las personas somos sujetos de derecho, no así debería serlo un cigoto que podría o no tener viabilidad para llegar a ser persona.
Y resulta aún más chocante que muchas de las personas que se oponen a esta interrupción de embarazo sean hombres, o religiosos, o mujeres que nunca han sufrido abuso, o personas en general cuyas condiciones de vida nunca les han permitido tener el riesgo de un embarazo no deseado, o de vivir la difícil realidad de familias donde existe abuso sexual y desconocimiento completo de nuestros derechos sexuales y reproductivos. Es decir, personas con una realidad resuelta y cómoda, sin capacidad alguna de tener empatía por la situación tan horrible por la que está pasando ella.
Por desgracia, los gobiernos han estado llenos de personas carentes de empatía y de comprensión de realidades tan adversas. Que un padre viole y embarace a su hija es un crimen. Que el Estado no le dé a la chica la opción de interrumpir su embarazo de inmediato también.
Los mal llamados “pro-vida”, en realidad no son pro-vida; son pro-violencia, pro-injusticia y pro-indiferencia. Se justifica al abusador y castigan a la víctima. Me rehúso a vivir en una sociedad así, y utilizaré mi pluma tantas veces como pueda para defender el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo y a denunciar las muestras tan claras y cotidianas de que seguimos viviendo en una sociedad agresivamente machista.