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Jueves, 15 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


El golpe del racismo

Mishelle Mitchell Bernard [email protected] | Jueves 30 agosto, 2018


AO— AFRODESCENCIA 23

El golpe del racismo

Mishelle Mitchell Bernard, periodista costarricense y afrodescendiente

Agosto, en Costa Rica, remite a la celebración y conmemoración de la Afrodescendencia. Para el 31 de agosto —cuando se celebra el Día del Negro— miles, incluidos políticos, activistas y visitantes se precipitan a las calles de Limón para participar en el Grand Parade, que alude a la expresión festiva de esta cultura. La música, el colorido vestuario, la gastronomía y las danzas ancestrales son potentes imanes.

El resto del año, la situación es una de olvido, en la mayoría de los casos, de postración por la discriminación y racismo estructural, y —cuando menos— una agotadora lucha contra los estereotipos y prejuicios instalados en la psiquis del costarricense, una lucha que inicia tan temprano como en la escuela y se extiende a todos los ámbitos de la vida adulta.

La declaración de Costa Rica como país Multiétnico y Pluricultural es sin duda alguna un gran avance, pero resulta insuficiente ante la compleja madeja de barreras y brechas que imponen la discriminación y el racismo en contra de la persona afrodescendiente.

Lo referido no es cosa de negros, o “un complejo arrastrado por nuestra piel”, como muchos “tolerantes y de mente abierta” nos espetan a quienes levantamos la voz. Es que precisamente la discriminación hacia los afrodescendientes tiene su génesis en la falaz idea de que su presencia está circunscrita al Caribe. Los afrodescendientes tocan marimba —un instrumento de raíz sonoramente africana— se peina en la cabeza de sabaneros, golpea la tierra en la pala de agricultores, se agita en las amplias caderas de las cholas y camina en las calles donde miles ignoran su riquísima ascendencia. Ya el genealogista Mauricio Meléndez ha presentado abundante evidencia de ello.

A pesar de la visibilidad obtenida, cuatro siglos después de la llegada de los primeros pueblos pardos a Costa Rica, el racismo y la discriminación persisten aquí y en el continente. Un robusto estudio del Banco Mundial denominado “Afrodescendencia en Latinoamérica: Hacia un marco de inclusión”, señala que los afrodescendientes tienen el doble de probabilidades de vivir en barrios marginales versus otros grupos étnicos. La pobreza por su parte, se duplica y el desempleo es proporcionalmente mayor entre los afrolatinos.

La educación, que debería ser la herramienta de ascenso por excelencia, se constituye en un instrumento de exclusión estructural: el 64% de los afrodescendientes concluye la primaria en contraste con el 80% promedio de niños no afros. En secundaria, los niveles de exclusión estudiantil entre adolescentes y jóvenes afro, exhibe tasas mayores en relación con otros grupos y a nivel de educación superior, únicamente el 12% de los afrodescendientes tiene un título universitario, según el Banco Mundial. El prejuicio se extiende luego a un acceso limitado al mercado laboral.

Que los niños y jóvenes afrodescendientes accedan y permanezcan en las aulas impone una sólida barrera, pero una vez dentro de las aulas excava una brecha más profunda y dolorosa al exponer a los niños y niñas afro a contenidos estigmatizantes y que los someten a burla, sin el auxilio de una apropiada mediación pedagógica. En Costa Rica conocimos el caso de Cocorí —donde una obra literaria se pone por encima de la autoestima de los niños y niñas afrodescendientes—.

¿Racismo? Claro que lo hay, abunda, camina por las calles, repta silente en la mente de demasiados, explota en las palabrotas e insultos, en la chota, golpea en el bolsillo y mata, porque un joven afrodescendiente tiene mayores posibilidades de ser asesinado que otros pertenecientes a otros grupos, según lo demuestra el Banco Mundial.

El reto ahora son las políticas públicas de acción afirmativa que permita ampliar el acceso a las oportunidades de participación e inclusión.