Ennio Rodríguez

Ennio Rodríguez

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Miércoles 3 Enero, 2018

El enigma de la vida

Hace más de dos mil años, el filósofo romano Cicerón planteó una interrogación que sigue desafiando a los científicos de hoy: ¿Por qué insisten en que el universo no es una inteligencia consciente, cuando este da origen a inteligencias conscientes? Las religiones monoteístas, particularmente las tres del libro (judaísmo, cristianismo e islam) parten de la preexistencia de un ser supremo consciente que antecede al universo. Dentro del politeísmo hindú, su punto de partida es Brahman, la realidad última del universo, que une, en el plano metafísico, la diversidad. El taoísmo, por su parte, reconoce que el Tao que se expresa no es el verdadero Tao. Es decir, para las grandes religiones, la conciencia crea y antecede la materia.

Los científicos, en general, se placen con explicaciones que recuerdan a Laplace: Dios es una hipótesis no necesaria; incluso muchos dan el salto a afirmar que la conciencia es producto de la evolución de la materia. En la explicación materialista de la conciencia, el universo que empezó hace exactamente 13,8 miles de millones de años con una singularidad infinitamente pequeña que se ha llamado el “Big Bang”, la Gran Explosión, cuando el universo pasó de un estado de altísima densidad y elevadas temperaturas a crear el tiempo y el espacio al expandirse y enfriarse para permitir el surgimiento de partículas subatómicas, luego átomos; los cuales, gracias a la gravedad, pasan a formar estrellas y galaxias. Pero, ¿cuándo y cómo estos elementos de hidrógeno, carbono, oxígeno, etcétera adquieren conciencia del universo que los rodea? Incluso antes del surgimiento de la conciencia, ¿es razonable pensar que la vida es un resultado aleatorio en un universo previamente inerte?

El Dr. Robert Lanza, en su libro Beyond Biocentrism: Rethinking Time, Space, Consciousness, and the Illusion of Death, desafía la concepción de que la vida es un subproducto del universo. Incluso afirma que pensar que el resultado de la vida es aleatorio es una idiotez, pues en términos de probabilidades prácticamente nunca se hubiese dado el universo, la vida y la conciencia. Por el contrario, el universo parece diseñado exquisitamente para producir la vida. ¿Por qué el Big Bang tuvo la fuerza específica para permitir la formación de los átomos y de las estrellas? Un poquito más o un poquito menos hubiesen producido materia inerte. Incluso, la gravedad parece consistente con producir vida, nuevamente, un exceso no la hubiese permitido. Dentro de las infinitas probabilidades que pudo haber tenido el Big Bang, la cosmología ha permitido calcular, con gran exactitud, los parámetros y descubrir, por ejemplo, que la expansión del universo está en aceleración. Esos parámetros precisamente coinciden con la posibilidad de la vida. La explicación más racional no es que sean fuerzas independientes las que, por casualidad, producen todo. La vida no es un subproducto del universo, sino su fuente.

Presenta el Dr. Lanza una explicación teleológica, es decir, la explicación del origen de una cosa a partir de su finalidad, poco aceptada en las ciencias y filosofías contemporáneas. Se apoya también en resultados de la física cuántica en que las propiedades observadas dependen de la conciencia del observador, lo cual, más allá de las partículas subatómicas, podría descender en un solipsismo circular. Pero, en definitiva, las hipótesis del Dr. Lanza permiten argumentar que es más probable la existencia de la conciencia antes de la materia, que la probabilidad de que la materia haya, aleatoriamente, generado la conciencia.

Las corrientes místicas y contemplativas, presentes en la mayoría de las religiones y tradiciones, afirman la existencia de un plano de conciencia superior, trascendente, el cual se puede experimentar. Entre sus características están su interconexión e indivisibilidad, donde el observador consciente participa como testigo, una vez que su conciencia fragmentada se trasciende. El gozo es indescriptible, pero deben pasarse noches oscuras (como lo señaló San Juan de la Cruz) de verdaderas batallas donde las fuerzas de la división y fragmentación actúan conscientemente para impedir la comunión. Lo cual me lleva a afirmar que existe una conciencia que trasciende la materia, se sabe que es anterior y se entrelaza con esta; que el universo tiene, en efecto, un propósito, trascender esa conciencia fragmentada para un fortalecimiento de la conciencia primigenia mediante el libre albedrío de las personas que consciente o inconscientemente participan del retorno o lo dificultan aún más. El teatro de la Creación parece construido para el ejercicio del libre albedrío y el fortalecimiento potencial de esa conciencia superior.