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El encuentro

Leopoldo Barrionuevo [email protected] | Sábado 26 abril, 2008


ELOGIOS

El encuentro
Leopoldo Barrionuevo

Aún no he concluido de entender si para encontrarse hay que perderse primero o si antes hay que encontrarse para poder perderse. Veamos: hay gente que dice que iba perdida por la vida hasta que de repente se encontró, otros dicen que de pronto se perdieron, lo que supone pensar que se habían encontrado antes o bien que nunca se habían dado cuenta que no estaban perdidos, sino más bien confundidos.
Cada vez más la gente se siente perdida y recurre a consejeros, consultores, curanderos, astrólogos de barrio, pitonisas escazuceñas, adivinadores de tarot, borras de café, cenizas de cigarro, bolas de cristal y lo que usted pueda imaginar. Los padres claman porque sus hijos están perdidos por culpa de la droga, el otro sexo, el mismo sexo, el irrespeto, el juego, la bebida, el baile y muchas otras tentaciones.
Nosotros los de entonces ya no somos los mismos, decía Neruda, y recurrimos al antes: antes no sucedían estas cosas, los jóvenes eran diferentes, las jóvenes se vestían con recato, para jalar había que pedir permiso y mostrar buenas intenciones, nadie se vestía de blanco si había pecado y los padres te preguntaban “¿Y usted con qué cuenta para mantener el futuro hogar?”.
Pero retornemos al inicio para hablar de lo perdido, porque que yo sepa siempre el ser humano estuvo perdido y es más: lo diferencial de la vida es justamente eso. Inclusive si me refiero a la medición de la vida —el tiempo— es lo que más perdemos y en eso somos incansables; usted me dirá que algunos perdemos la vergüenza y hasta la vida, pero me pregunto si no es en nuestro caso lo distintivo de la vida y el encanto de la misma: encontrarse o mejor aún, reencontrarse.
En la escala zoológica esto no ocurre y como no sea que un animal pierda un rumbo está bien dotado por los instintos para responder con su conducta a todo estímulo externo sin tener que detenerse a meditar si está perdido o debe encontrarse. No es nuestro caso, porque siempre nos toca elegir, no podemos dejar de hacerlo por más que pidamos consejo, vivir es una constante decisión, las más de las veces de asuntos pequeños marginales, otras de temas trascendentes, pero lo que más cuenta es que pocas veces podemos ver la diferencia entre unos y otros con prioridad e incluso con tiempo suficiente como para comprender.
Nos equivocamos, volvemos a empezar y lo reintentamos otra vez porque el sino de nuestra vida es nacer ignorantes e intentar no permanecer en ese estado, aunque la realidad es que cuanto más sabemos más ignoramos y así, el que más ignora pareciera ser el más sabio.
Eso sí: hay algo que nos cuesta incorporar a nuestro bagaje de desconocimientos y es que además existen los otros, quienes se empeñan en desviar nuestros deseos, en perturbar nuestro caminar y obligarnos a repensar rehacer nuestras decisiones, acomodarnos al resto, que ya no es mi mundo sino un mundo compartido, y es entonces cuando aprehendemos la realidad de contar y no contar con los otros y comenzamos a descubrirnos, una tarea susceptible de durar toda esta existencia que a la vez es resistencia.
Yo he estado perdido muchas veces, lo que me animó a retomar el camino del encuentro y por fin lo encontré: ahora sé que entre perderse y encontrarse no hay más que un sendero posible: buscar. No en balde Antonio Machado nos decía mediante una metáfora sencilla pero cierta: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

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