Enviar
Jueves 22 Febrero, 2018

El desarrollo: reestructuración del concepto y oportunidades

Existen muchos índices que miden el desarrollo desde diversas dimensiones como la ambiental, económica, social o política. Dichas mediciones arrojan datos certeros y útiles, pero sectorizados. Por ejemplo, la utilización del indicador “crecimiento económico” para medir el desarrollo de un país es una práctica que se ha manejado por larga data; no obstante, esta costumbre ha construido estructuras cortoplacistas, fragmentadas, inmediatistas, utilitaristas e individualistas acerca de lo que verdaderamente es el desarrollo. Esto arroja visiones distorsionadas del mismo y deja grandes problemas sin resolver.

El desarrollo es un sistema complejo, multidimensional y con transversalidades que afectan su funcionamiento, ya que apalancan o deforman acciones dentro del mismo. Por ello, el error ha sido asimilar el desarrollo al crecimiento económico, cuando realmente se trata de conceptos de diversa naturaleza, finalidad y funcionamiento.

Es claro que el crecimiento económico es necesario y útil, como herramienta de generación de riqueza, que invertida adecuadamente y de manera eficaz, es una gran palanca para crear desarrollo sólido en los países.

Sin embargo, hoy en día el mundo reclama un modelo distinto del desarrollo que sea más completo y que vaya más allá del crecimiento económico. Un esquema que funcione bajo otras herramientas, componentes y valores; que busque otros fines.

Ante esta situación, mucho queda por revisar y reestructurar para tomar el rumbo correcto para la construcción de un verdadero concepto de desarrollo. Es allí donde estarán nuestras oportunidades.

Si bien la revolución industrial trajo al mundo un modelo de producción masivo, mayor productividad, generación de riquezas e impulso a la actividad mercantil mundial, hoy nos encontramos ante infinidad de interrogantes. Una de ellas es justamente, cómo centrar ese “progreso económico”, pero de una manera efectiva y asumiendo otras variables —como la social, política y ambiental— para solventar graves problemas, tales como la pobreza extrema, las migraciones, desigualdades, brechas en conocimiento e innovación, por citar algunos.

El objetivo es focalizar el desarrollo económico en el ser humano, bajo un bienestar sostenible, equitativo e inclusivo para la población del país; respetando al ambiente, en sistemas democráticos que sean participativos, transparentes y de respeto a los derechos humanos. La idea es lograr el mayor bienestar y calidad de vida para todos los ciudadanos.

Ya el famoso informe del Club de Roma (Los límites del crecimiento) planteado por Meadows en 1990, señalaba que “continuar con la presente estructura de la economía y sistemas sociales del mundo no nos llevará a un futuro deseable, no cerrará las brechas entre ricos y pobres, no hará nuestro ambiente más limpio y no terminará con la guerra y el conflicto. Son las estructuras actuales las que crean brechas entre los ricos y los pobres, los problemas ambientales, las guerras. Solo la reestructuración solucionará esos problemas”.


Nuevo paradigma

En un mundo donde la población hace demandas sobre servicios, infraestructura e instituciones, es imprescindible que los recursos se usen de la manera más eficaz posible. Lo podremos lograr aprovechando el financiamiento y la competencia de la empresa privada, trabajando estrechamente con la sociedad civil y sus necesidades, así como luchando por la transparencia y contra la corrupción.

Más aún, la Agenda 2030 sobre Objetivos de Desarrollo Sostenible —la cual fija una hoja de ruta hacia el desarrollo, de manera temática, integral y estructurada— define y mide de manera muy diferente la equiparación de desarrollo con “crecimiento económico o PIB”.

Con su máxima “que nadie se quede atrás” (así como su inminente implementación por parte de muchos países), esta agenda nos debe llevar a pensar que ahora es el momento de evaluar cuáles son los grandes temas del desarrollo a tratar.

Para ello, debemos retomar las tendencias mundiales junto con las necesidades específicas de nuestro país, construyendo planes acordes con este nuevo concepto, aprovechando nuestras capacidades y oportunidades. Solo así lograremos centrar las bases de ese tan deseado desarrollo sólido, que nos otorgue la mejor calidad de vida y bienestar, resolviendo finalmente problemas de base arrastrados desde tiempo atrás.

En los ya iniciados albores de la cuarta revolución industrial, con los variados y acelerados cambios disruptivos de tecnología que experimenta el mundo, muchas cosas y necesidades han cambiado, y es allí donde estarán centradas las correctas acciones del desarrollo. Nos queda mucho por hacer, pero no imposible de lograr.

Silvia Hernández Sánchez
Diputada electa