Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 14 Septiembre, 2009


El Estado no puede tener una religión. Son los individuos los que profesan una fe

¿Dónde estaba Dios?

Entre las hermosas letras de tango que escribiera Enrique Santos Discépolo existe una incomparable frase poética en “Canción desesperada”: “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste? ¿Dónde estaba el sol que no te vio?”.
En Costa Rica Dios está en la Constitución: somos uno de los poquísimos Estados confesionales. Solo Panamá y Haití nos acompañan en el continente americano.
Hace unos días, el Movimiento por un Estado Laico, logró que la Asamblea Legislativa avalara su propuesta de reformar la Constitución Política para que la religión católica deje de ser la oficial del Estado. Diputados de diversas fracciones firmaron el proyecto. Las autoridades eclesiásticas no los excomulgaron de milagro y gracias a Dios.
La vehemente protesta del obispo de Cartago —a la que pronto se le sumó la del presidente de la Conferencia Episcopal— puso a todos los candidatos presidenciales en grandes dilemas: avalar el Estado laico, no avalarlo o todo lo contrario.
A punto de iniciar la campaña electoral, los aspirantes a la banda presidencial tienen que ser prudentes. Si todos los párrocos desde sus púlpitos insisten en que sus feligreses no deben votar por quienes se opongan al Estado confesional, ¿qué posición definitiva asumirán los candidatos?
Está claro que todos aspiran a ganar la simpatía de la mayoría y —como la competencia está más que reñida— la de todas las posibles minorías.
La católica continúa siendo la religión mayoritaria en nuestro país y continente. Tal vez por eso todos los candidatos aseguran ser fervientes practicantes y comulgan una vez y otra también: ¿cómo van a perder esa gran cantidad de votos? ¡Si incluso un ex presidente se bautizó para llegar al gobierno! Y mejor no hablar de las fotos de Daniel Ortega, en la vecina Nicaragua, recibiendo la hostia de la mano de monseñor Obando y Bravo. Sin comentarios.
En este gran debate nacional concuerdo con doña Elizabeth Fonseca: el Estado no puede tener una religión. Son los individuos los que profesan una fe.
Un Estado laico no es un Estado ateo; es neutral en el tema, acepta y protege la libertad religiosa. Entonces ¿por qué los jerarcas de la Iglesia están tan enojados? No los hemos visto ser tan enfáticos para condenar a algunos de sus subalternos que han cometido pecados o actos ilegales. Obviamente en este caso se trata de un asunto económico: la Iglesia católica —a diferencia de todas las organizaciones religiosas que existen en nuestro país— recibe una contribución económica del Estado costarricense. Así lo establece el artículo 75 de nuestra Constitución Política.
Otro aspecto de la propuesta legislativa que ha levantado un polvorín es la de no referirse a Dios en el juramento constitucional. La palabra Dios no es excluyente para quienes profesan otros credos: Alá es Dios y Yahvé también. Podrían —eso sí— incluir a los ateos y agnósticos agregando el concepto de “lo más sagrado” en el juramento. A ver si así lo cumplen todos los funcionarios públicos, que con los grados de corrupción que vemos a diario uno se pregunta si es que no creen en nada o cruzan los dedos por la espalda cuando juran respetar la Constitución.
Volviendo a Discepolín: ¿Dónde estaba Dios? En el corazón. En el alma. En la necesidad espiritual de cada uno. Donde debe estar.

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