Natalia Díaz

Natalia Díaz

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Jueves 2 Noviembre, 2017

¿Dónde están las cúpulas partidarias?

He afirmado en recientes artículos, que somos una democracia sustentada en un régimen de partidos políticos. Estos vienen consolidándose con el paso de los años y arrancan desde los inicios de nuestra organización como Estado. Desde el siglo XIX los partidos han ido surgiendo al calor de marcados liderazgos, o tal vez de caudillismos; por lo cual, lejos de responder a las corrientes latinoamericanas de conservadores y liberales, marcaron un corte más autóctono.

Recordaremos históricamente que desde mediados del siglo XIX surgen el Partido Convención Constitucional (1868), el Partido Constitucional Democrático (1889) y el Partido Unión Católica (1892), con lo cual emergen dos importantes énfasis: el jurídico con el tema constitucional y el religioso con las ideas de la Iglesia católica. Ello se amplía luego con el Partido Republicano, a inicios del siglo XX, el cual perdurará hasta nuestros días, lo mismo que el Partido Alianza de Obreros, Campesinos e Intelectuales con un mayor sesgo ideológico. La historia posterior nos llevará a la conformación de tiendas políticas con diversas orientaciones, tanto marxistas, socialdemócratas, liberales y socialcristianas, hasta que en los últimos tiempos vienen dándose formaciones políticas animadas por otros liderazgos, o atendiendo temas y grupos específicos con menor sustento ideológico.



Es nuestra Constitución Política la que da una protección especial a los partidos en su artículo 98 y siguientes al establecer las regulaciones sobre los derechos y deberes políticos.

Entendiendo que los partidos son esos pilares fundamentales sobre los cuales se levanta orgullosa nuestra democracia representativa, debemos reconocer que estos han ido cambiando severamente con el pasar de los años, especialmente desde finales del siglo XX y lo que va del presente. Encontramos una abundante normativa legal y reglamentaria, así como una jurisprudencia especializada que dichosamente ha venido a consolidar a estas organizaciones, ampliando sus facultades, pero que también ha fortalecido las regulaciones sobre dichas actividades, lo cual ha sido importante.

Si hiciéramos un recorrido, a lo largo de los años, por los diferentes partidos políticos, notaríamos que estos han nombrado en sus cúpulas a los más destacados líderes y/o dirigentes políticos, a quienes dichas formaciones les reconocían su papel protagónico en la vida política del país. Estos dirigentes que integraban los comités ejecutivos o los comités políticos de los partidos, también podían estar en el Gobierno, en la oposición con actividad desde la Asamblea Legislativa y/o en la conducción de sus respectivos partidos ejerciendo un papel protagónico y reconocido por las diversas fuerzas políticas del país. Eran las personas a quienes acudían funcionarios de Gobierno o dirigentes desde el Congreso, en busca de formar criterios para atender los mayores problemas políticos u otros que preocupaban a la sociedad costarricense. Esto tenía la ventaja de que, de manera efectiva, se contaba con los personeros o dirigentes políticos más reconocidos en la vida nacional, atendiendo con sentido patriótico o político, los temas más agudos puestos a su conocimiento y que fueren del interés de la ciudadanía.

No obstante lo anterior, en los últimos 30 años notamos una conformación distinta en sus organismos cúpula, aun en los partidos mayoritarios, y casi generalizada en los demás partidos que ubicamos en el multipartidismo. No encontramos en las directivas mayores a los más destacados líderes y que el país tenga como directos voceros de la organización. Con ello ha surgido un cierto vacío político partidario inconveniente. Ya los partidos no son fuente diaria de acción política, no son voceros constantes de opinión pública, ya no son consultados en sus principales posiciones políticas ante los más graves problemas nacionales. En fin, han dejado de lado su actividad más importante, la de representar a los electores en el quehacer político de nuestra sociedad. Si no son los diferentes partidos los que diariamente encaucen a sus electores y respondan a los mismos frente a las mayores inquietudes, entonces ¿quiénes lo harán con la propiedad y legitimidad debidas? Pareciera que este vacío es inconveniente, pues deja lo político en otras manos no responsabilizadas de ello, y provoca que el partido político, que buscará el ejercicio del Gobierno, no sea el protagonista de la temática nacional.

Los comités ejecutivos ya no son liderados por conductores de opinión, sino por simples depositarios de la personería jurídica para la carpintería política que demanda la rutina cuatrienal de nuestro Código Electoral. Recordemos entonces, la frase de Juan Domingo Perón: “Los partidos políticos triunfan o son destruidos por sus conductores. Cuando un partido político se viene abajo, no es el partido político quien tiene la culpa, sino el conductor”.