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Jueves, 27 de enero de 2022



NOTA DE TANO


Don Guido era un hombre del Renacimiento

Gaetano Pandolfo gpandolfo@larepublica.net | Viernes 17 diciembre, 2021

Guido Sáenz dejó a la cultura huérfana

“A Guido Sáenz nadie le dice que no”.

Una frase propia de su ego descomunal, combinado, para quienes tuvimos el honor de ser sus amigos, con una bondad y un afán de servicio tan monumentales como su obra.

Lo conocí en 1961; fue mi profesor de “Apreciación Musical” en la Facultad de Ciencias y Letras de la UCR.

Y lo escuché tocar al piano y hablar apasionadamente del pianista ucraniano estadounidense Vladimir Horowitz, de quien fue fanático.

Me gusta el teatro y claro que lo aplaudí en sus presentaciones en el Arlequín y Teatro Universitario. Era un actor brillante.

Carlos Morales, mi compañero tantos años en la redacción de La Nación, director del suplemento cultural Ancora, me acercó periodísticamente a la vida de don Guido y por ahí nació y creció una larga amistad que lamentablemente se cortó con la construcción del nuevo Estadio Nacional, porque caímos en bandos contrarios.

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Amigo comunes construimos amistad y tertulia con don Guido y visitarlo en su amplia residencia en Bello Horizonte, Escazú eran inyecciones para el alma.

Un amplio piano nos recibía en uno de los salones de la casa y mientras degustábamos los exquisitos bocadillos que preparada doña Daisy, sentados en cómodos sillones, teníamos el privilegio de escuchar a tan ilustre anfitrión tocar al piano.

A la hora de las pausas y los recesos, nos invitaba a salir a los amplios jardines de la residencia, para mostrarnos sus pinturas, otra de sus pasiones. Amaba pintar la naturaleza y los entornos de su residencia lo permitían con creces. Taburete y pinceles en mano, don Guido caminaba unos pasos, visualizaba el horizonte y manos a la obra: flores, arboles, sol, montañas, arco iris, belleza total y plena.

Un hombre culto, de exquisito gusto, pintaba y creaba belleza. Todo lo que hacía, lo que se proponía y lo que con tenacidad lograba, era bello.

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Un día de tantos, empezaba el año de 1994, lo visité en solitario con un puño de papeles en mano, que eran los borradores de mi libro testimonial “Para Nunca Olvidar”. Le pedí por favor que los leyera y si me hacía el honor de prologarlo.

En son de broma le dije: a Tano nadie le dice que no.

Don Guido leyó los borradores y en parte del prólogo que honra mi obra escribió:

“Para Nunca Olvidar se proyecta como un gran y doloroso documento que va del caos a la luz por lo que es positivo y aleccionador”.

¡Buen viaje, pequeño gigante!

Descansa en paz que tu obra majestuosa te inmortaliza.

gpandolfo@larepublica.net


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