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¡Dóblate, pero no te quiebres!

German Retana
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Los líderes y miembros de un equipo que en verdad desean el éxito de este, más que el propio, tienen como demostrarlo: siendo flexibles, aceptando que están listos para cambiar sus esquemas mentales, decisiones y conductas si eso es lo mejor para todos. Debido a que poseen convicciones constructivas muy bien arraigadas acerca de qué es servir a su equipo, no tienen objeción en modificar comportamientos sin desligarse de tales principios.
Cambiar es una manifestación de madurez, seguridad personal, alta autoestima y sensatez. Una persona rígida padece de todo lo contrario y siembra la semilla de la intransigencia, una de las peores enfermedades que puede padecer el ser humano o todo un grupo. Pretender consolidar un equipo muy ganador con franco crecimiento, pero integrado con individuos inflexibles es como arar en el mar. Ese es el camino más directo al fracaso.
Tampoco se puede crear un verdadero equipo con miembros que llegan a él con el ego inflado, sin modestia ni humildad para ponerse al servicio de los demás, con afán de proteger su supuesta fama personal o, peor aún, para seguir interactuando solamente con quienes a lo mejor comparten en otras circunstancia fuera del equipo. Si no hay algo superior a estas diferencias que sea capaz de unirles, serán una colección de individualistas aparentando ser equipo, pero nada más; con un poco de lluvia ese disfraz cae y las fisuras o realidades se vuelven visibles.
Los equipos crecen hasta alcanzar el tamaño del pensamiento de quienes lo conforman. Mentes abiertas a reconocer errores, al cambio, a la innovación, a lo diferente y necesario, siempre llegan muy lejos porque no hay límites; están dispuestas a aprender. Mentes pequeñas se protegen entre ellas y caen en la falacia de creer que porque son muchas y cerradas son fuertes; por su resistencia al cambio dejan pasar las oportunidades para dar saltos cualitativos en función de los máximos objetivos.
El autor John Maxwell señala que trabajar juntos precede a triunfar juntos y que “el trabajo en equipo y la rigidez personal no mezclan. Si quiere trabajar bien con otros y ser un buen jugador de equipo tiene que estar dispuesto a adaptarse”. Y agrega: “si usted no cambia por el equipo, el equipo podría cambiarlo a usted.”
Cuando las cosas no funcionan, los jugadores serios y emocionalmente seguros deben promover que todos sus compañeros recapaciten sobre las razones más profundas por las que alguna vez anhelaron ser miembros del equipo, que regresen a sus raíces, pues allí mismo redescubrirán las razones para mejorar toda aquella conducta que origina la persistencia del mal desempeño como equipo. “Bienaventurados los flexibles, porque ellos no se romperán cuando los doblen” (M. McGriff).
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