Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 18 Febrero, 2011


Después de Mubarak

Sobre todo después de la firme y pronta posición de Washington como reacción ante las revueltas ciudadanas en El Cairo, la caída de Hosni Mubarak era totalmente previsible. Si aun se mantuvo algunos días fue gracias al apoyo de Israel, de los republicanos norteamericanos y, en menor medida, de Merkel, cuyo canciller no hacía mas que unos meses, había recibido al último faraón en Berlín con rimbombantes expresiones de elogio. En realidad, lo que ellos buscaban era darles tiempo a los militares para arreglar una transición sin mucho sobresalto. Lo importante ahora es indagar qué va a pasar en la región más conflictiva del planeta, el Oriente Medio, luego de la destitución manu militari del déspota.
La solución que se dé a esta crisis concierne a la humanidad en su conjunto, pues en buena media la paz mundial depende de la respuesta que se dé a esta crucial interrogante. La angustia de Washington, y, sobre todo, de Jerusalén, es que la sombra de Teherán se extienda ahora hasta El Cairo. Por el contrario, el temor de los sectores políticos y sociales, principales protagonistas de la gesta libertaria que culminó en el inicio de una nueva era, no solo en Egipto sino en toda la región y quizás, en el mundo entero, es que las potencias de Occidente quieran establecer un “mubarakismo” sin Mubarak o, como se dice en Tiquicia, que se pretenda cambiar algo para que todo siga igual.
Ambas “soluciones” me parecen igualmente equivocadas. Más aún, son francamente peligrosas para asegurar una paz duradera en esa conflictiva región. De ahí que, según mi punto de vista, por lo primero que debe presionar la opinión pública mundial es por que la salida a la crisis egipcia actual la busquen y ojalá logren los propios egipcios y que, en defensa de su dignidad y patriotismo, se resistan a toda presión venga de donde venga.
Los ciudadanos egipcios han sido los principales protagonistas en este primer paso hacia un régimen democrático en su país, el primero de su historia; hoy deben crear las bases para que ese sueño nacional se haga realidad. A fuer de sinceros, debemos reconocer que las medidas tomadas por los militares tendientes a la supresión de la institucionalidad en que se apoyaba el antiguo régimen, unido al recién iniciado diálogo con las fuerzas políticas que lo tumbaron, parece un buen paso. Sin embargo, para entender lo que pasó en Egipto y lo que allí pueda pasar en un futuro cercano, es preciso responder a la cuestión qué es en concreto la sociedad política de ese país.
Desde la época de las revoluciones democráticas (Holanda 1642, Inglaterra 1689) hasta la actual a orillas del Nilo, pasando por todas las demás (Francia 1789 y Rusia 1917) fueron posibles porque había surgido un nuevo sujeto histórico o protagonista político y que, desde John Locke, llamamos “sociedad civil”. Crear un Estado nacional sin que haya una sociedad civil que sea sujeto político, es decir, que tenga “conciencia para sí”, como diría Hegel, solo puede conducir al despotismo, como ha sucedido cuando se crea un Estado (ejército) y el resto no es más que una masa amorfa que no llega a constituir una “nación” (Rousseau). Eso generó el periodo del Terror en Francia según Hegel y estuvo, en mi opinión, a la raíz del trágico fin de la gesta heroica de Bolívar.
Sin una sólida sociedad civil no puede haber democracia. Eso fue posible gracias a la revolución industrial en siglos anteriores. Lo realmente novedoso es que en Egipto el surgimiento de la sociedad civil se debe a la revolución informática. Son los jóvenes “wikileaks” egipcios “proletarizados” por la falta de oportunidades, los que han sido la vanguardia de estos cambios vertiginosamente radicales que hoy se operan, no solo en la tierra de los faraones, sino en todo el mundo árabe y que podrían cambiar cualitativamente la geopolítica mundial. De su éxito depende, en buena medida, incluso la paz del planeta.

Arnoldo Mora