Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 10 Septiembre, 2015

¿Qué pasó con aquel nuevo modelo adoptado en los 80, exitoso para producir riqueza, pero sofocado por grandes falencias a la hora de distribuirla?

De cal y de arena

Después de la tempestad, ¿habrá calma?

Ni andábamos perdidos ni el rumbo que llevaba nuestra Costa Rica era equivocado. A partir de la reforma social de Calderón Guardia y de su consolidación por José Figueres, el país implanta un modelo de desarrollo económico y social con el que alcanzó cotas envidiables en el concierto latinoamericano.
Atrás quedaba la sociedad de descalzos, baja escolaridad, altos índices de mortalidad y enfermedad, de ofensiva distribución de la riqueza y marcada dependencia de pocas líneas de actividad económica.
Para la década de los 70, la pobreza se había reducido del 50% al 25%, el índice de desigualdad medido por el Coeficiente de Gini bajó al 0,44%, más del 90% de los niños asistía a la escuela y las familias tenían mejoras en la provisión de servicios médicos.
De 1960 a 1971 se duplicó en términos reales la inversión en infraestructura y la extensión agrícola había provocado un sustancial cambio en la estructura de la producción y en la distribución de la tierra.
A partir de los 80 vino la apertura comercial y la atracción de inversiones, con importantes resultados en el mercado de trabajo y la oferta exportable. Fueron décadas de avances económicos, sociales, políticos y de conservación ambiental que dieron relumbre internacional a esta nación pacífica, democrática e innovadora.
Estas conquistas, no obstante, entran en un ciclo de deterioro para fin de siglo al grado de que para los primeros años del siglo XXI ya se habla de una sociedad en declive —lo anotó el último Informe del Estado de la Nación— y de un país entrabado, desigual, inseguro, con un generalizado malestar ciudadano, un marcado descrédito de los partidos y carencia de liderazgos políticos.
El horizonte se tupe con densos nubarrones al lado de una crispación con tonos de crisis cuando se evidencia que el Estado ha infartado y que más de una de sus instituciones está en cuidados intensivos.
¿Qué pasó con aquel nuevo modelo adoptado en los 80, exitoso para producir riqueza, pero sofocado por grandes falencias a la hora de distribuirla?
El Estado quedó impotente para atender la misión que le encomendó el constituyente de 1949 de ocuparse de un mayor bienestar para los habitantes, estimular la producción y amparar un adecuado reparto de la riqueza.
Impotente y débil, su astenia fue aprovechada por los grupos de presión para secuestrar sus instancias e imponerle una serie de cargas con cara de privilegios en las planillas, gravosos e imposibles de sobrellevar, en tanto otros se procuraban ventajosas ventajas fiscales y no pocos lo desplumaban con fraudes y evasiones.
¿Qué hicimos mal? Una vez determinados los errores, ¿podremos emprender su corrección, forjar una plataforma política de amplia base para trabajar por una agenda muy puntual y directa en torno al desempleo, inequidad, inseguridad ciudadana, educación y asistencia social, el descalabro fiscal y la reactivación de la economía?
Claro, conspira el pesimismo con que se ve el futuro, la desconfianza en las instancias partidistas y la carencia de liderazgos así como la presencia del narcotráfico y el crimen organizado. Es decir, el reto no es precisamente de menor cuantía.

Álvaro Madrigal