Juan Manuel Villasuso

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Martes 22 Diciembre, 2009


Dialéctica
Desilusión en Dinamarca

La Cumbre Mundial sobre el Cambio Climático ha concluido en Dinamarca. Las expectativas que había sobre esta reunión en Copenhague, la COP15, eran muchas. Estaba en juego, según los expertos, la supervivencia del Homo sapiens en la Madre Tierra.
Los seres humanos somos uno de los agentes que más afectamos el clima. Nuestra influencia comenzó en los albores de la Historia, con la deforestación para cultivar y pastorear, pero hoy día nuestro impacto es mucho mayor al emitir abundantes gases que producen efecto invernadero: dióxido de carbono en fábricas y medios de transporte y metano en actividades agrícolas y ganaderas. Esto provoca el calentamiento global.
Cuando el planeta se calienta, el clima y la atmósfera cambian, afectando la producción de alimentos, las corrientes marinas y el suministro de agua. Mayores temperaturas provocan deshielos en los cascos polares, que emiten grandes volúmenes de anhídrido carbónico. Con dos grados más muchos arrecifes coralinos morirán por una combinación de calor y acidificación de las aguas oceánicas, afectando la reproducción de los peces. El nivel del mar aumentará y millones de personas serán desplazadas de las costas.
Un informe de la CEPAL, elaborado para esta Cumbre (La economía del cambio climático en América Latina y el Caribe), señala que “el cambio climático global, expresado fundamentalmente en el aumento de la temperatura media, las modificaciones en los patrones de precipitación, el alza del nivel del mar, la reducción de la superficie cubierta por nieves y glaciares y la modificación de los patrones de los eventos extremos, representa uno de los grandes desafíos para la humanidad en este siglo. Sus consecuencias en las actividades económicas, la población y los ecosistemas son significativas y, en muchos casos, irreversibles.”
Este alarmante escenario, que los científicos han pronosticado durante años, ha sido el telón de fondo del magno encuentro de la capital danesa donde los gobiernos debían tomar medidas concretas para detener y revertir los factores humanos que provocan estas modificaciones de la Naturaleza.
Durante dos semanas líderes de todo el mundo se enfrascaron en negociaciones caracterizadas por la intención de los países altamente contaminantes, especialmente Estados Unidos y China, de no comprometerse en reducir sus emisiones de gases u otorgar apoyo financiero suficiente para que los países más pobres puedan concretar medidas de protección ambiental.
Estos intereses económicos de corto plazo de poderosas industrias prevalecieron y la COP15 concluyó con un acuerdo de mínimos promovido por Estados Unidos, China, Brasil, India y Sudáfrica, que no tiene carácter vinculante, que ha sido calificado con frases que van desde “fracaso total” hasta un “pequeño paso en la dirección correcta” y del cual la ONU solamente “tomó nota”.
La Declaración de Copenhague evidencia un acuerdo sin compromisos, que a muchos ha desilusionado: omite el monto global de reducción de emisiones de gases invernadero y solo pide “profundos recortes” sin precisar un plazo determinado; no fija medidas concretas para evitar que las temperaturas aumenten en más de dos grados respecto a los niveles preindustriales; suaviza los mecanismos de supervisión y verificación de la emisiones; y los recursos asignados a la mitigación y adaptación al cambio climático de los países subdesarrollados son inferiores a los previstos inicialmente. En Tiquicia diríamos: “atolillo con el dedo”.