Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 29 Septiembre, 2014

Solo incorporando cada vez más familias a esta economía moderna evitaremos que continúe aumentando la desigualdad


Desarrollarnos es tarea ardua y propia

El periodo 2000-2009 nos llenó de ilusión. El ritmo de crecimiento de los países no desarrollados fue tanto mayor al de los desarrollados que convergir a ese nivel parecía estar a la vuelta de la esquina.
La revista The Economist (13-19 setiembre, 2014) calcula que con esa tasa de crecimiento el mundo no desarrollado habría alcanzado el nivel económico de Estados Unidos en 30 años.


Esa experiencia nos indicaba que lo que China parece estar en camino de alcanzar, también era factible para los otros países atrasados económicamente. La disminución acelerada de la pobreza y un alto bienestar para las familias de clase media podían dejar de ser un sueño.
La teoría económica nos indica que, siendo el capital más escaso en los países pobres, su rendimiento mayor debería atraerlo de los países ricos, pues en ellos —por la abundancia de capital— su rédito es menor.
Esto generaría un crecimiento más acelerado en las naciones menos desarrolladas y se debería dar la convergencia. Pero en la práctica del siglo XX solo en los escasos milagros económicos algunos países atrasados se acercaron a los desarrollados.
Las explicaciones de esa no convergencia en el siglo XX fueron variadas: rendimientos crecientes (acumular capital en países ricos aumenta su productividad) y complementariedad del capital físico con el capital humano (se necesitan cirujanos para que una sala de operaciones sea valiosa), diseños institucionales y políticas públicas, trabas al comercio y a la movilización de capitales.
Pero la primera década de este siglo parecía resolver esta paradoja. Si se convergía. Eso fue fruto de la acelerada globalización de los noventa con su apertura comercial y movilidad de capitales. También de cambios institucionales como los que produjo en nuestra América Latina el llamado Consenso de Washington.
A esos factores se unió la demanda por materias primas generada por el aceleradísimo crecimiento de China, para producir la gran convergencia de la primera década de este siglo.
Pero poco después dejamos de convergir. Si se excluye a China, con base en el diferencial de crecimiento del PIB per cápita de 2013, el periodo para convergir es “más un siglo que una generación” (The Economist).
Además, ahora han perdido importancia las manufacturas y la ganan los servicios. Esto es una dificultad para un acelerado crecimiento de las economías en desarrollo, pues ya no gozamos de las ventajas que con industrialización para exportar tuvieron Japón, los Tigres Asiáticos y más tarde China.
Por eso dependeremos más de nosotros mismos. Gracias a las virtudes de nuestro siglo XIX tenemos en Costa Rica ventajas en exportación de servicios que es ahora la actividad más dinámica de nuestra economía. Dependemos de esos servicios para poder volver a acelerar nuestro crecimiento.
Además, solo incorporando cada vez más familias a esta economía moderna evitaremos que continúe aumentando la desigualdad.
Resolver nuestro problema de finanzas públicas, hacer más eficiente al Estado y dedicar nuestros mejores esfuerzos a extender y mejorar la calidad de nuestra educación, especialmente la técnica y científica, son los principales instrumentos para poder progresar en un mundo que se nos torna más inhóspito.

Miguel Angel Rodríguez