Pedro Oller

Pedro Oller

Enviar
Martes 21 Mayo, 2013

En lo político lo único claro hoy, merced al cinismo, es que nadie es partícipe y mucho menos responsable de llevarnos ahí


Del cinismo al optimismo


Uno de los efectos secundarios de la política moderna es la intrusión del cinismo como prejuicio frente a la cosa pública. No solo nos hemos condicionado a que todo lo que tiene que ver con el Estado está mal, o en vías de corromperse. También, damos por sentado que todo el que se involucra en política tiene perversas intenciones.
El fenómeno en realidad no es nuevo, se remonta a la antigua Grecia por ahí del siglo IV a.C. y la escuela cínica. Diógenes de Sinope se dice era uno de los filósofos más importantes y a él se atribuye la fábula de que caminaba de día por Atenas con una lámpara encendida en búsqueda de un hombre honesto.
En su primera acepción, esta escuela partía de que la civilización era mala y que el hombre para reencontrar su bondad, pues nacía bueno y feliz pero producto de su vida en sociedad se desviaba, debía retornar a la naturaleza.
El cínico de verdad se entiende desprovisto de su yo. Con esa renuncia al ego, se manifiesta en contra de la corrupción, del lujo y de la mentira.
El concepto del cinismo sin embargo, se ha ido transformando con el paso del tiempo y hoy, como apunta Simon Critchley, es una actitud negativa de resentimiento hastiado que presupone las peores intenciones frente a la aparente buena fe de los demás. Esa infamia es la que permea el escenario político y a sus actores no solo en Costa Rica. Si se quiere su cambio, hay que provocar su cese y solo después el emprender tal ruta.
Partimos del problema más grande para lograr esa transición, para salirnos del círculo vicioso en la política y hacer de ella un proceso virtuoso es que se empiece por asumir la responsabilidad con capacidad. Me refiero a dos frentes claramente establecidos:
Uno es el de los agentes que inciden en la política y que reniegan de su responsabilidad por no sentirse parte del problema. Aquí no solo hay presidentes, ministros, diputados o munícipes, sino también medios de comunicación, organizaciones gremiales y universidades. Intereses difusos diría un constitucionalista. Sin embargo, de nada sirve decir que no estamos adentro, si les hemos visto tocar la puerta y se les entiende sentaditos plácidamente en esa sala.
No incluye por definición a quienes evangelizan desde púlpitos de opinión pública igualmente culpables por falta de cuidado u omisión. Falsos predicadores del bien y el mal. Ahí cabemos sin lugar a duda los formadores de opinión, así el término me produzca miedo.
El otro, somos el resto y todavía pido inclusión. Los desafectados de las redes de corruptela o negocio a partir de la política. Fomentadores en gran parte pero acuciosos en las definiciones para no sentirse parte del problema. Siéndolo. O, desvinculados sin entender que aquí todos somos parte.
No importa que la responsabilidad no haya sido directa. Se contribuye al deterioro con la ausencia de legitimidad primero, de voluntad y de competencia también. En este embrollo en lo político lo único claro hoy, merced al cinismo, es que nadie es partícipe y mucho menos responsable de llevarnos ahí.
Valiéndome de Vargas Llosa es que concluyo: “Creo que esa falta de participación y esa actitud cínica frente a la política puede destruir las democracias desde dentro”. Tenemos el foro propicio para que suceda de 2014 en adelante. Depende de cada uno no desaprovechar el indulto de los que vienen después nuestro y no entienden otra cosa. Por ahora, aguantar.

Pedro Oller