Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

Enviar
Miércoles 6 Abril, 2016

 En el deber ser, los periodistas manejamos nuestra inmensa responsabilidad social, en medio del interés público y el derecho del público a saber y la adopción de decisiones de publicación que muchas veces rozan groseramente las honras ajenas

Hablando Claro

Decisiones de publicación

Vivimos tiempos de extrema sensibilidad, juzgamientos a priori, interpretaciones erróneas o abiertamente mal intencionadas. En todo sentido. Por eso el debate público es tan difícil. Nos gritamos. Nos descalificamos. No llegamos a nada.
Entiendo por supuesto que nadie quiere ser mal citado en una publicación periodística, especialmente cuando se trata de una de tal calado que tiene a medio mundo de cabeza, entresacando paja de grano para separar asentadas prácticas anómalas de movilización de capitales, de otras perfectamente lícitas y habituales.


Uno de los permanentes dolores de cabeza del desafío ético del oficio periodístico es enfrentar nuestros yerros y gazapos, casi inevitables cuando estamos delante de tareas de tal delicadeza como hurgar en las canecas sucias donde hay papeles limpios y otros tantos que no lo son. En el deber ser, los periodistas manejamos nuestra inmensa responsabilidad social, en medio del interés público y el derecho del público a saber y la adopción de decisiones de publicación que muchas veces rozan groseramente las honras ajenas. Somos falibles.
Pero es cierto también que si no hacemos nada, que si renunciamos a la compleja y difícil tarea de la indagación, no nos exponemos y no nos equivocamos. Eso es más cómodo. Y sin duda, mucho más fácil. No solo elude el gran el riesgo de errar. Ahorra decenas de horas de sueño, da más tranquilidad, más tiempo en familia, mejor alimentación, menos sedentarismo. Más vida.
¿Acaso no es la zona de confort en la que nos encontramos casi todos?
En el contexto de la peor crisis de ejercicio periodístico en nuestro medio, justo en el marco cotidiano de tocolas, linchamientos por preferencias sexuales, noticias de Youtube, concursos de entretenimiento como noticias y reproducción de estereotipos, los colegas del Semanario Universidad (con cuyos enfoques he diferido muchas veces) han tenido el inmenso coraje, el valor y la determinación de sacar adelante, con poquísimos recursos, la investigación local de los Panama Papers. Entiendo la reacción airada de quienes se asumen mal tratados con la publicación. Entre ellos personas que respeto y admiro como Eduardo Ulibarri y María Luisa Ávila. Tienen derecho a un descargo y a calificar las publicaciones que los aluden tal cual las perciban. Lo que me sorprende es la descalificación de colegas que se han explayado en epítetos de la mayor bajeza. No sé si ya leyeron las 48 páginas de la edición e hicieron todo el análisis de contenido. Yo no he terminado. Pero sé que no hubiera tenido las agallas para asumir esa tarea.
Lo he dicho siempre, los periodistas (como los animales carroñeros) somos detestables. Pero imprescindibles en el ecosistema social. Sobre todo aquellos que no renuncian por comodidad y facilismo a hacer lo que la naturaleza y función del oficio señala como responsabilidad primaria.
La publicación del Semanario Universidad tendrá deficiencias de enfoque, de precisión y corrección. Pero es por mucho el ejercicio periodístico más rescatable que hemos visto en muchísimo tiempo en este nuestro venido a menos mundo comunicativo de medios tradicionales. Incluyéndome.

Vilma Ibarra