Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

Enviar
Jueves 12 Marzo, 2015

En nuestra Constitución Política encontramos un norte a este respecto: la información ha de ser adecuada y veraz. ¿Lo es?


De cal y de arena

Debate pendiente

El debate sigue abierto. La prensa desempeña un papel fundamental en la democracia, donde se desenvuelve (no puede ser de otra forma, si es que hablamos de una democracia) con libertad y sin más sujeción que al marco trazado por el orden jurídico y los principios deontológicos del oficio.
Debatir si así se está conduciendo la prensa en general en nuestra democracia, es algo pendiente de debatir.
Es obvio que el Presidente de la República trató de provocar ese análisis introspectivo cuando el 1° de marzo pasado cuestionó la forma en que la prensa —y lo digo así, porque don Luis Guillermo generalizó y no individualizó— aborda las noticias que emergen de su gobierno.
Desafortunadamente su disparo erró el blanco porque ligó el tratamiento que da la prensa a las noticias que atañen a las políticas, gestiones y actuaciones del gobierno con la formación en la opinión pública de una percepción muy desfavorable de su administración y de sus más cercanos colaboradores.
La realidad es que la caída en picada del capital político del presidente Solís no resulta de la forma en que la prensa (así en general) trata las noticias; las causas andan por otros frentes, más bien de carácter endógeno.
Un error tan grande, sirvió para desviar la atención y para que los que tenían que darse por aludidos hicieran un capotazo y se dedicaran a desmontar la arbitraria interpretación oficial, lo que les resultó muy fácil dada la abundancia de hechos que demuestran que este gobierno está sofocado por la carencia de habilidad política, la ausencia de liderazgo, las contradicciones internas (que corroen hasta por su frente parlamentario) y el extravío que evidencia ante el desafío de trazar el rumbo de la Nación.
La prensa no solamente informa; también forma. Cómo lo hace, es tema de capital importancia. Con capacidad para formar desde la información, tiene capacidad para influir en la calidad de sociedad que le da acogida.
El gran debate aún pendiente es si la prensa de ligeros contenidos (“light” dijo el periodista Carlos Morales o “chabacana” dijo el periodista Alberto Cañas) o teñida por la nota roja o desequilibrada por una exagerada atención a un tema específico o distorsionada por los intereses de sus propietarios que la convierten en herramienta para traficar influencias o decidida a actuar como pelotón de fusilamiento de terceros, es o no pieza determinante en la forja de un régimen verdaderamente democrático.
Del análisis introspectivo de nuestra prensa que ha ido posponiéndose, hemos de concluir de qué modo está fortaleciendo (o no) la democracia. Así entenderíamos que no solo los partidos políticos pueden erosionarla, corromperla, liquidarla.
En las buenas escuelas de periodismo enseñan que la información veraz forma parte de la anatomía de la democracia y que reflejar hechos veraces es la exigencia ética y deontológica de todo periodista.
En nuestra Constitución Política encontramos un norte a este respecto: la información ha de ser adecuada y veraz. ¿Lo es?


Álvaro Madrigal