Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 22 Julio, 2010


VERICUETOS
De patadas y zapatazos

Patadón a la espinilla de los liberianos. Los mandan a la Segunda División de un chonetazo nicoyano con papas a la francesa.
No entiendo de normas y reglamentos que rigen el fútbol en Costa Rica; no sé a ciencia qué tiene que ver FIFA con la organización local, ni cuáles son sus competencias para deshacer entuertos y corregir desaciertos.
Acepto, porque no se puede nadar contra corriente, que cada día más el deporte que nos apasiona es un negocio y que nos acercamos fatalmente a emular la organización del béisbol americano, donde los equipos tienen “dueño”.
Será así inevitablemente porque el deporte de las patadas y jupitas genera pasiones y las pasiones mueven millones de dólares, euros o colones. También admito, aunque me duela, que sin chocolate no hay cacao y que probablemente el modelo idílico de equipos amateur, que son de todos los aficionados y la idea de jugadores que se mataban por la camiseta, no sea ya viable en estos años y en estas sociedades totalmente materializadas.
De todas maneras, lo que me parece inconcebible es que los aficionados estén en total desamparo y sujetos a los vaivenes que resultan de la voluntad y el buen o mal ánimo de los dueños de los maletines y que estos acaben así, a golpe y porrazo, con las ilusiones de todo un pueblo que seguía fielmente a su pobre pero honrado equipo en la Primera División.
De nuevo, en mi total estulticia balompédica reglamentaria se me hace inconcebible que la normativa permita, y que los dirigentes y las autoridades avalen, que un solo interés individual sea suficiente motivo como para castigar a los guanacastecos y dejarlos huérfanos de patadas y condenados al ostracismo dominical. No sé quién lo dijo, pero es cierto aquello de que no hay nada más aburrido que un domingo sin fútbol.
Habrá que recabar las estadísticas futuras relativas al incremento porcentual de actos de violencia doméstica producidos, por supuesto, por la imposibilidad de descargar las iras acumuladas durante la semana en las graderías del coloso de Liberia. Y quién sabe cuántos divorcios más se computarán a causa, precisamente, de la acumulación de angustias pamperas que antes era posible desahogar en esa válvula de escape que representa la posibilidad ilimitada de proferir todo tipo de insultos y diatribas contra el árbitro de turno y que ahora probablemente se tornarán hacia la infeliz pareja.
¿Qué podrá sustituir a la luz de la luna liberiana esas entusiastas pláticas post-partidos, derroche de sabiduría, entre tantos técnicos de capirote como abundan en este país?
Pero si el down-grade de Liberia es imperdonable, lo que resulta del todo inexplicable es que el Barrio México, a fuerza de billetazos, logre lo que fue incapaz de obtener en la cancha. Pésima lección, nefasto antecedente.
La buena noticia: quizás si ahorra sus chavitos, la Liga pueda este año comprar el título que tanto añoramos los manudos; o si hacemos una maratónica nacional, podría ser que compremos un campito y vayamos a Brasil 2014. Y qué tal si nos ponemos generosos y quizás hasta podamos platear la copa de flamantes campeones mundiales. ¿Será más cara que el campito del Barrio en Primera?
Y yo que pensaba que los grandes triunfos se conseguían a base de esfuerzo y dedicación. ¡Qué pecao!

Tomas Nasar