Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 23 Septiembre, 2016

El verdadero blanco de las acusaciones, más allá de lo hecho a la presidenta Dilma Rousseff es el expresidente Lula, el político más popular de su país

De la crisis al caos

En meses recientes hemos visto con estupor un violento retroceso en los, hasta entonces sostenidos y esperanzadores, avances democráticos logrados en una región como es Nuestra América, que desdichadamente se había caracterizado por la carencia de democracia real.
América Latina, sumida en el caos luego de la Independencia de la metrópoli colonial, parecía, por fin, haber superado esta deplorable situación después de que sus pueblos, heroicamente y a un precio inaudito de sangre, hubiesen derrotado a los eufemísticamente llamados “regímenes de seguridad nacional”, pero que no eran más que la versión criolla del fascismo; con ello, creyó haber logrado la consolidación de sistemas democráticos sin posibilidades previsibles de retroceso.


Sin embargo, hoy asistimos con estupor al surgimiento de una especie de movimiento pendular que, si bien, no instaura dictaduras militares al estilo tradicional (Somoza, Pinochet) sí menosprecia, por no decir aniquila, las más elementales normas que deben regir a un sistema político que se precie de democrático.
El primero de esos intentos se dio en nuestro istmo centroamericano con el golpe de Estado, llevado a cabo en el más rancio estilo tradicional, en Honduras contra el presidente constitucional Zelaya.
Los militares lo secuestraron en piyama y lo largaron para Costa Rica. Todo con el apoyo explícito de la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton y la asesoría de los generales de la base militar de Palmerola.
Luego le tocó el turno al presidente Lugo en Paraguay, esta vez inaugurando el nuevo estilo de “golpes suaves”, es decir, perpetrado no por militares sino por una mayoría mecánica elegida por partidos tradicionales representados en el parlamento.
Pero, tanto en Honduras como en Paraguay, se aplicaría el modelo que se habría de emplear en Brasil, cual era el de romper la alianza con el partido gobernante por parte del Partido Liberal, en el caso de Honduras y Paraguay, o de otros partidos en el caso de Brasil.
Así se pretendía romper el orden constitucional alegando, en una especie de farsa tragicómica, que lo que se buscaba era hacerlo respetar; para ello hipócritamente buscaron siempre —y lo lograron con su evidente complicidad— el apoyo de la Corte Suprema de Justicia, a pesar de que muchos de esos corruptos politiquillos (casi el 50% en el caso de Brasil) tienen graves acusaciones en los tribunales. Sirva de ejemplo paradigmático el caso del senador Cunha, principal promotor de la infame destitución de la presidenta constitucional Dilma Rousseff, quien fue destituido de su cargo por graves acusaciones de corrupción.
Pero en el caso de Brasil el atentado contra el orden democrático va más lejos, pues el verdadero blanco de las acusaciones, más allá de lo hecho a la presidenta Dilma Rousseff es el expresidente Lula, el político más popular de su país y que se apresta a ser de nuevo candidato con la seguridad casi plena de ser elegido con amplia mayoría.
La ruptura con los sectores progresistas por parte de los partidos conservadores, que hasta entonces participaban como aliados en el ejercicio del poder, se debe a la profundización irreversible de la crisis mundial del sistema capitalista y del “orden” imperial en que se sustenta políticamente el mismo.
La crisis, sin embargo, abarca otros aspectos como el cultural y ético y se manifiesta con impactante evidencia, a pesar de los ingentes esfuerzos por disimularla, de la industria mediática que ejerce el papel de partido político, en el sistema financiero mundial y en su probable derrota militar en la geopolíticamente estratégica Cuenca del Mar Mediterráneo.
La descomposición del sistema imperial que Occidente ha impuesto al mundo desde la llegada de Colón a nuestras tierras hace más de 500 años, es total y, por ello mismo, irreversible. La consecuencia de esta crisis indetenible es el caos que se hace palpable en todos los rincones del planeta; la respuesta que en estos casos da el sistema capitalista siempre ha sido la guerra.
Pero esta vez desatar una guerra mundial acarrearía la destrucción de toda forma de vida en el planeta, dado que no solo las potencias occidentales, sino también sus adversarios rusos y chinos se han provisto de un arsenal nuclear con capacidad de aniquilar toda forma de vida en la tierra.
El último y mayor imperio de Occidente como son los Estados Unidos, creyó equivocadamente que había ganado la Guerra Fría al colapsar el socialismo de Europa del Este. Pero se trataba de una apreciación errónea, pues la Unión Soviética sucumbió a sus propias contradicciones internas y no fue derrotada por fuerzas extrañas.
Hoy se ha hecho evidente que el orden imperial occidental también está en una crisis de una profundidad estructural. Desde 2008 ha colapsado el sistema financiero mundial y, si no hemos llegado a las aterradoras profundidades abismales del “crash” de 1929 ha sido porque China ha asumido un papel protagónico en el comercio mundial, hasta el punto de llegar a convertirse en la segunda potencia mundial, con perspectivas de convertirse en la primera a corto plazo, como lo acaba de demostrar en la más reciente cumbre del G-20 celebrada precisamente en suelo chino.
Limitada en el uso de la fuerza nuclear, la superioridad de Occidente tan solo radica en su indiscutible hegemonía en las tecnologías de punta. Pero estas deben convertirse en fuerza material solamente si logra el control de los mercados.
Estos, sin embargo, solo pueden producir riquezas si las mercancías son consumidas. Para lo cual se requieren materias primas para producir y consumidores que compren.
América Latina posee más de un 30% de las materias primas que requiere el mercado mundial y se acerca a los mil millones de potenciales consumidores. La cercanía geográfica con los Estados Unidos acrecienta la importancia geopolítica de América Latina y el Caribe.
La bolsa de valores de Sao Pablo está entre las mayores del mundo; México suministra la mayor parte de la mano de obra semiesclava que requiere la economía del gigante vecino del Norte.
Los países que han logrado mediante elecciones configurar gobiernos que responden a las necesidades de las mayorías populares, no solo han demostrado que son los únicos capaces de combatir exitosamente la pobreza a gran escala, sino que han mostrado igualmente una independencia en las decisiones en su política, tanto local como internacional y una voluntad soberana que desafía el poder imperial.
Mientras Haití y Honduras son los países más pobres de América Latina, Brasil durante los gobiernos de Lula y Dilma, sacó a más de 32 millones de personas de la pobreza. Bolivia, que era el país más pobre de América del Sur, posee el récord, único en la región, de tener un crecimiento en los últimos tres años del 10%. Hoy Bolivia se lanza a una industrialización autónoma gracias a su legendaria riqueza mineral. Aun en algunos países donde los partidos populares no han conquistado el gobierno, han logrado importantes avances en las elecciones; hasta el punto de que se han convertido en protagonistas de primera línea en defensa de la democracia, apoyando incluso a sus adversarios ideológicos si con ello se lograba impedir que los sectores dictatoriales llegaran a gobernar.
Tal ha sido el caso de Colombia en que la izquierda apoyó en la segunda ronda al presidente Santos para lograr su reelección; en Perú la izquierda apoyó a quien surgió como única alternativa frente a la amenaza de que la familia Fujimori retornara al gobierno.
Los avances de los sectores hasta ahora marginados han mostrado una impactante madurez política que les da la credibilidad necesaria ante el pueblo como para convertirse en una alternativa real y confiable de poder que demuestra que otra sociedad es posible. Por eso, los desatinos antidemocráticos de los sectores más retardatarios de Nuestra América deben ser vistos tan solo como el canto crepuscular del ave fénix.