Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 2 Abril, 2015

Me preocupa la atmósfera que estamos respirando en la sociedad costarricense

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De cal y de arena

¡Muera la inteligencia!”

 

Sobre Federico Picado no solo cayó la pesada y filosa guillotina con que el canciller Manuel González castiga las transgresiones al estatuto que norma la conducta de los miembros del servicio exterior costarricense.

También es obvio que el ahora exembajador en Venezuela resultó chivo expiatorio de un clima enardecido que encrespa al máximo las vías de análisis de cuanto está aconteciendo en aquel país.

De probados méritos intelectuales y profesionales, este ingeniero civil de pronto surgió como improvisado diplomático a la cabeza de una de las misiones más complicadas, aún para nuestro modesto cofre de intereses en política exterior, lo que no tendría mayor trascendencia (hemos tenido infinidad de embajadores improvisados) si no fuera porque en su arranque nomás incurrió en una pifia descomunal de doble vertiente: de un lado, dispararse en una exteriorización de opiniones personales vedadas por el estatuto que rige el desempeño de nuestro servicio exterior y, además, de incómodos matices para la dispareja composición política del gobierno del presidente Solís.

Y de otro, morder el anzuelo disimuladamente presente en una entrevista periodística en la que se insertarían temas y preguntas idóneas para zancadillear cualquier movimiento fraternal hacia el régimen de Maduro.

Carente de malicia indígena, Picado no percibió que se le estaba arrastrando al barranco. En los anales de nuestra diplomacia ha habido otros embajadores incursos en sonoras imprudencias que solo por no estar en un contexto maniqueo como el que sofoca el tema venezolano, se salvaron de la guillotina. Picado metió las de andar en algunos tramos de este delicado expediente y no había más que destituirlo.

Ello no obsta darse cuenta de que sus opiniones en otras planas de la agenda tienen buen sustento ni para no ver que el Departamento de Estado, los adecos, los copeyanos, los del MUD, y los del exilio en Miami y en San José (tan pródigo en pagar favores mediáticos) andan en esto no precisamente “repartiendo escapularios”.

Me preocupa la atmósfera que estamos respirando en la sociedad costarricense, muy parecida a la de los tiempos de la prohibición de la formación y el funcionamiento de partidos que por sus programas ideológicos, medios de acción o vinculaciones internacionales, tendieran a destruir los fundamentos de nuestra democracia (Art. 98 de la Constitución, párrafo dos).

Aciagos días en que los espacios en la prensa, la radio y la televisión se cerraban también a los diletantes del izquierdismo y no solo a los comunistas confesos. Hoy se hace un inventario de las opiniones de Federico Picado para advertir que quienes así piensan, no deben ser llamados al servicio público. Y hoy —también y por otro lado— se pone en lista negra al ministro de Relaciones Exteriores porque tiene la audacia de leer a Henry Kissinger.

El diputado que así demuestra su irracional intolerancia, me recordó al general español José Millán-Astray que salió al paso de las opiniones de Miguel de Unamuno con aquel grito que se le atribuye: “¡Muera la inteligencia. Viva la muerte!”

 

Álvaro Madrigal