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Lunes, 14 de octubre de 2019



COLUMNISTAS


Cultura fiscal

Thomas Alvarado [email protected] | Martes 02 abril, 2019


Hace un par de años tuve el privilegio de visitar algunos de los países nórdicos, entre ellos Dinamarca y Noruega. Consciente de la alta carga tributaria de estos países, no pude resistir preguntarle al taxista que me llevaba al hotel lo que pensaba de los impuestos en su país. Para mi sorpresa, me dijo que se sentía contento de contribuir al bienestar de su país y pasó a enumerar muchos de los beneficios sociales que él personalmente recibía a cambio, incluyendo la calidad de la educación, la salud pública y el régimen de pensiones. Recientemente me acordaba de ese viaje, cuando leía que Finlandia, Noruega y Dinamarca una vez más fueron considerados los países más felices en 2018, a pesar de los altos impuestos que pagan sus ciudadanos.

Ellos han logrado desarrollar una “cultura fiscal” positiva, en la que los ciudadanos pagan sus impuestos con una actitud constructiva. Han logrado un balance entre los impuestos que se pagan y el beneficio percibido a cambio por sus ciudadanos. En Costa Rica creo que estamos lejos de tener ese tipo de cultura, a pesar de los esfuerzos del gobierno en educación fiscal.

Hoy, con la reforma fiscal recientemente aprobada a través de la Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas, nos enfrentamos a un cambio relevante en el marco tributario costarricense. Claramente, porque esa es su intención, todos vamos a pagar más impuestos de una forma u otra, sea a través del Impuesto al Valor Agregado (IVA) en los servicios, o de la obligación de tributar sobre rentas de capital y ganancias y pérdidas de capital, aún a nivel personal, entre otros.

Parte del problema está en que no se trata solo de educación, aunque es importante, sino que es un asunto fundamentalmente de cultura. La cultura tiene que ver con el conjunto de valores, costumbres y tradiciones que tenemos. Además, es importante mencionar que nuestra preferencia de valores, juicios y comportamientos van a estar cercanamente relacionados a los valores éticos, integridad y comportamiento del gobierno en este tema.

Para tener una cultura fiscal positiva, los ciudadanos necesitamos percibir que los impuestos que pagamos son equitativos, proporcionales a nuestra capacidad económica y que son usados en forma racional, honesta y transparente. Cuando hablamos de que sean equitativos, es que todos debemos pagar lo que nos corresponde. En Costa Rica siempre ha existido una gran cantidad de exoneraciones y sectores que creen que no deben pagar. Un buen ejemplo son las grandes cooperativas. La solución parece sencilla, que se separe la actividad intrínsicamente cooperativa de la actividad comercial en que la cooperativa actúa más como una gran empresa privada que tribute como tal.

Por otro lado, los tributos que se pagan deben ser proporcionales a la capacidad económica del contribuyente. En ese sentido, tal vez el mayor problema que tenemos es la gran carga que tiene el pequeño y mediano empresario cuando suma las cargas sociales que paga con los impuestos a las utilidades —realidad mencionada en los informes de la OCDE—. El otro aspecto oneroso es el impuesto del 15% a los dividendos, que se paga por encima del impuesto a las utilidades, lo que hoy coloca a Costa Rica con una carga contributiva muy alta y que la hace poco competitiva.

Vale la pena mencionar que la facilidad para pagar los impuestos también es importante. Si los sistemas de registro y pago son complejos, si la contabilidad que se requiere para pagar correctamente es engorrosa y poco clara, eso añade costo al contribuyente y lo desalienta a cumplir con sus obligaciones tributarias. Todo esto es un costo adicional, especialmente duro para el pequeño y mediano empresario, que parece que solamente se va a encarecer más con la nueva legislación. También es importante que cuando interactuemos con las autoridades tributarias podamos sentir que las reglas son claras y que se nos da un trato justo, no pro recaudación.

Finalmente, está la necesidad de que los impuestos recaudados sean usados de forma racional, honesta y transparente. Posiblemente es donde sacamos la peor nota y una de las razones por la que muchos me dicen que “les duele” pagar los impuestos. El gobierno tiene que demostrar que es un buen administrador de los recursos que recibe. Esto implica la necesaria racionalización del gasto público. Además, la ciudadanía debe poder ver claramente cómo se gastan los recursos y los beneficios que percibe. Claramente, esto significa que los regímenes privilegiados y entidades que creen que están al margen de los principios de racionalidad y transparencia no se pueden permitir.

Tenemos el reto por delante de construir una cultura fiscal positiva. Es un proceso de educación, pero mayormente de cultura. Es cultura del contribuyente, de la clase política, de las autoridades tributarias y del gobierno central. Tal vez Costa Rica pueda seguir siendo uno de los países más felices y además con una cultura fiscal positiva.








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