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Culpa compartida


La medida adoptada la semana anterior por las autoridades de Salud, de clausurar un hotel por la contaminación ocasionada en Playa Manzanillo, Papagayo, sin duda sienta un precedente en la lucha por la protección del ambiente.
Sin embargo, esta lucha no debe quedarse allí, pues el problema en esta zona no es más que la punta de un gran iceberg que amenaza el equilibrio ambiental del país.
El problema de lanzar desechos al mar o a los ríos es una enfermedad que por muchos años ha venido haciendo daño a esta porción del planeta en que vivimos, y lamentablemente las acciones para cambiar la situación han sido pocas.
Los niveles de contaminación ocasionados en esa zona de Papagayo quizás justificaban el castigo, sin embargo, la situación no dista en nada del cotidiano proceso de envenenamiento que decenas de empresas, casas, fábricas y residenciales enteros ocasionan a nuestros ríos.
Vivo ejemplo de ello es lo que ocurre con el Río Grande de Tárcoles, gran colector de la inmundicia que los habitantes del Area Metropolitana producen a diario y cuyas aguas terminan contaminando el océano en su desembocadura.
Siendo una acción cotidiana, que se repite sin cesar día y noche y de sobra conocida por todos, las autoridades de Salud y del Ambiente poco han hecho por revertir la situación.
Basta con acercarse al final de cualquier residencial y mirar en dónde termina el caño, volver la vista a cualquier oficina o edificio cerca del cauce de algún río y determinar hacia dónde apuntan las cañerías.
El envenenamiento de nuestros ríos y océanos no es una situación aislada que permita señalar con el índice a un único culpable, sea este grande o pequeño, extranjero o nacional.
La culpa es repartida y todos contribuimos, directa o indirectamente, conscientes o inconscientes, a esta destrucción al ecosistema.
Es hora de que el país, que se vende ante el mundo como protector del ambiente y del equilibrio ecológico, haga algo por dar a valer esa denominación.
Es tiempo de que nuestras autoridades comiencen a escarbar más profundo en la suciedad que arrastran nuestros ríos.
Es momento de cambiar las cosas y pensar en desarrollos realmente respetuosos del ambiente. En exigir, desde los planos, las medidas adecuadas para evitar un mayor envenenamiento del país.


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