Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 28 Julio, 2016

El grado de intolerancia y de descalificación social que ha estallado me hace creer que a propósito de la Constituyente saltaría lo que advirtió con indiscutible autoridad Rodrigo Facio: el imperio de los dogmatismos económicos y sociales.

De cal y de arena

Cuidado con un salto al vacío

No existen las condiciones objetivas idóneas para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente. A los efectos de emitir una nueva Constitución Política hay que advertir que sin partidos políticos revestidos de confianza y credibilidad, sin liderazgos políticos legitimados por la solvencia de un amplio respaldo entre los ciudadanos, y —lo principal— sin que esté demostrada la existencia de una obsolescencia irreparable de los textos constitucionales hoy vigentes, convocar a la emisión de una nueva Carta Magna es un salto al vacío del que nadie puede caucionar un resultado garante del indispensable funcionamiento equilibrado y eficaz del articulado constitucional, avalado además por el grueso de los estamentos sociales. Las evidencias conducen a concluir que esta sociedad está atosigada por la intolerancia y la confrontación, a un nivel tal que obstruye la formación del amplio, multipartidista y multisectorial consenso que señaló como requisito fundamental para llamar a esa Asamblea el expresidente Monge Álvarez, en entrevista al periodista Óscar Castro Vega (Figueres y la Constituyente del 49).
No existe capacidad de convocatoria ni en los partidos (diezmados por luchas internas y devastados por la pérdida de autoridad moral) ni entre quienes presumen de liderazgos en los flácidos sótanos de la actividad política, como tampoco en los grupos empresariales de opaca dirigencia ni en los conglomerados sindicales de tan variopinto contenido. A tal punto es profunda esta astenia que ha sido imposible sacar adelante una serie de reformas constitucionales parciales que hace rato hacen cola en el Congreso, con todo y que ninguna invade los predios de las normas pétreas del Estado ni intenta manosear las garantías individuales ni las garantías sociales. El grado de intolerancia y de descalificación social que ha estallado me hace creer que a propósito de la Constituyente saltaría lo que advirtió con indiscutible autoridad Rodrigo Facio: el imperio de los dogmatismos económicos y sociales. La visionaria advertencia de 1957, cobra hoy crudo realismo con los dogmáticos de un signo y de otro y sus posiciones extremas.
Tiempos atrás, “los Hermenegildos” estaban presentes en la cúpula del Estado pero tenían bien presente que “vale más tonto callado que tonto hablando”. Hoy la cosa es distinta: mucha gente sin experticia política y sin la cultura de la gestión de gobierno ha invadido las dependencias públicas y está dictando cátedra. Y ello, junto a una amplia gama de leyes y reglamentos que no han hecho más que atascar el funcionamiento del Estado, es lo que nos ha hundido en la ingobernabilidad. Tal es el hospedero ideal para lo que se ha dado en llamar la dictadura de los incisos y el reino de la burocracia. Me preocupa el bizqueo de algunas instancias académicas que se abrazan a propuestas inviables políticamente y peligrosas socialmente, confundidos —además— por desconocer que la semilla de la convocatoria a una Constituyente debe sembrarse en terreno políticamente fértil; es un asunto que desborda las instancias académicas. Si poco es lo que posibilita la falta de liderazgos políticos, sea ello dirigido a salvar del archivo unas cuantas reformas parciales fundamentales que bien caerían a la institucionalidad.