Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 23 Julio, 2011


ELOGIOS
Cuando nos faltaba todo


El primus era un pequeño calentador a kerosene para café, mate o pequeñas sopas. En “El bulín de la calle Ayacucho” dice Celedonio Flores: “El primus no me fallaba/ con su carga de aguardiente/ y habiendo agua caliente/ el mate era allí señor.”
La serenata, que se fue con los balcones y la llegada de los departamentos: no me imagino una serenata desde la calle para un departamento de un décimo piso.
El sombrero a lo Maxera o Borsalino y el rancho de paja para el verano, sin los cuales un caballero se veía como desnudo y que permitía ceder el paso a las damas y saludar con una leve inclinación de cabeza y media sacada de sombrero. Los juegos de los chicos que se veían en todas partes: el balero, las bolitas o canecas, el yo-yo, la rayuela, la escondida, las figuritas ocultas, el hoyo pelota, policías y ladrones, el rango y mida, la gallina ciega, el ta-te-ti, la mancha, la billarda...

El telegrama, la garita del vigilante, ahora el tránsito está dirigido por semáforos. También la gomina fue reemplazada por el despeine.
Y con los carnavales desaparecieron los corsos o desfile de máscaras y sus murgas, sus comparsas y sus pomos de agua de Florida, el papel picado y las serpentinas, los disfraces y antifaces, las Colombinas y los Pierrots y aquellos bailes inolvidables y multitudinarios.
El Parque Japonés, el Balneario de Costanera Sur, Los Carritos, y la fainá apoyada la gran sartén de latón con pizza de harina de garbanzos a 5 centavos la porción.
Si te engripabas te ponían ventosas con el riesgo de quemarte las espaldas y periódicamente, cada mes o mes y medio, una cucharada del odiado aceite de ricino al que denominábamos aceite de castor para limpiar las tripas.
Los pantalones largos llegaban al cumplir los 14 años aunque dependiendo de la pelambre de las piernas podían adelantarse pero eran esperados con ansiedad y contando los días ya que era el límite entre infancia y adolescencia.
Y los Reyes Magos que esperábamos esperanzados en la noche del 5 de enero después de la cartita que enviábamos detallando los juguetes que deseábamos y que no iban a llegar a menos que fueran baratos. Les dejábamos agua y zacate, pasto o césped por la noche y nos costaba pegar los ojos soñando con los zapatos que quedaban fuera del cuarto.
¿Qué otras cosas pasaron y se fueron? El puloil que lavaba platos y copas, los candelabros que no adornaban, los gobelinos que eran horribles, las tarjetas postales, los conventillos convertidos ahora en villas miseria, las pesadas cocinas de hierro fundido, la estufa de carbón, el farol sol de noche, los discos de pasta 78 mm, las veletas, el tranvía y su salvavidas, el inhalador, las radios, el smoking de los mozos (saloneros), el mostrador de estaño, las ferias barriales, el papel secante, la pluma cucharita, el vaso de leche, el gofio, el azul de la ropa, la heladera de hielo, las púas para discos de pasta, el ama de leche, los biógrafos y el flit con su aparato a bombeo.
Por sobre todas las cosas, lo que nos sobraban eran sueños y esos no nos los quitaron: siguen siendo nuestros.

Leopoldo Barrionuevo
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