Claudio Alpízar

Claudio Alpízar

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Jueves 1 Septiembre, 2016

No somos una democracia disfuncional, sino en un proceso evolutivo de cambios, a lo mejor atrofiados y lerdeados por quienes se niegan a ver el giro hacia una sociedad de mosaicos

SIN TREGUA

Costa Rica NO es una democracia disfuncional

Se interpreta un fenómeno sociológico como disfuncional cuando en el ejercicio de sus acciones produce consecuencias contrarias a lo que se buscaba con su buen funcionamiento, cuando no está cumpliendo con su fin. Los fines de la democracia son superiores.
Ahora bien, una democracia nunca llega a la perfección y menos a sostenerse como sistema infalible. La democracia es mucho más que su sistema administrativo, al que le urgen ajustes constantes a nuevas realidades para seguir vigente. La nuestra es una muy buena democracia.


La disfuncionalidad no está en nuestro sistema democrático, aun cuando pienso que requiere mejorar su representatividad, sino en uno de sus componentes: la administración pública; en la que urge una reforma administrativa para mayor eficacia y eficiencia.
Disfuncionales son los partidos políticos que ejercen el poder dejando de lado el objetivo primordial del progreso social y del bien común. Esos mismos que piden el voto a los ciudadanos, pero ejercen luego comprometidos con elites determinadas para distribuir el “bien” en unos pocos —los más poderosos— y lo “común” en las mayorías.
Traigo a colación el tema por mi discrepancia con recientes declaraciones del expresidente Óscar Arias, que definió a Costa Rica como una democracia disfuncional. No puede ser disfuncional una democracia con libertad de expresión, de prensa, de credo, de acción, de movimiento, de organización, respetuosa de los derechos humanos, amante de la paz y más.
Nuestra sociedad ya no es una sociedad de masas, como lo fue en el pasado, lo cual facilitaba al Presidente la toma de decisiones para implantarlas con rapidez. Eran tiempos en que los costarricenses no solo se aglutinaban alrededor de dos partidos políticos, sino que compartíamos pocas diferencias en cuanto al camino a seguir; dándoles a las gobernantes libertad para ejercer el poder en forma lineal y de alguna manera obviando a las minorías en sus reclamos. Empero, el mundo y la sociedad cambiaron.
Hoy nos encontramos ante una sociedad de mosaicos, en la cual no solamente existe una diversidad de interés superior a las del pasado. Las exigencias para los gobernantes son mayores y con un grado superior de criticidad en sus decisiones. Sociedad de mosaicos que obliga a quien gobierna a ser interlocutor de una multiplicidad de gremios e interés, lo que le exige más habilidades de comunicación política para tomar decisiones en la multiplicidad de liderazgos.
No es que la sociedad se desintegre, es que varió en su conformación y obliga a una forma diferente de gobernar; por eso proponer el cambio y gobernar de la misma forma que siempre, como lo ha hecho el presidente Luis G. Solís, no pasó de ser un eslogan más de campaña electoral.
Siendo la democracia actual de escrutinio público obliga a una reforma de la administración pública y a gobernar comprendiendo que ello es la capacidad de poder interconectarse con los diversos actores de la sociedad. Es politizar los temas, en el buen sentido del término —muy distante de politiquear— para así lograr los apoyos requeridos, que nunca serán absolutos. Este es el ejercicio cansón pero indispensable de gobernar en democracia y cuya única alternativa es la autocracia, la dictadura, forma rápida y lineal de ejercer el poder.
Comprendo y comparto la urgencia que siente el expresidente Arias de ejecutar y avanzar en nuestra centenaria democracia. Sin embargo, nuestra democracia imperfecta requiere transformaciones administrativas que políticos disfuncionales —aquí sí— no logran ejecutar por impericia o mezquindad.
Estoy en desacuerdo con el amigo para este tema, pues no somos una democracia disfuncional, sino en un proceso evolutivo de cambios, a lo mejor atrofiados y lerdeados por quienes se niegan a ver el giro hacia una sociedad de mosaicos. Pero concluiría con lo mismo que Gilbert K. Chesterton decía de su amigo Bernard Shaw: “Hace falta estar tan en desacuerdo con él como yo lo estoy para admirarle tanto como yo le admiro”.