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Domingo, 16 de diciembre de 2018



COLUMNISTAS


Costa Rica en la encrucijada

Arnoldo Mora [email protected] | Miércoles 28 marzo, 2018


Costa Rica en la encrucijada

Quienes éramos niños pero ya nos sentíamos protagonistas de la década más violenta y decisiva de nuestra historia como fue la de los 40 del siglo pasado, no podemos sino compararla con la que hoy vivimos ya finalizando la segunda década del siglo XXI, por la trascendencia histórica que revisten las decisiones políticas que hoy nos vemos abocados a tomar y que marcarán la suerte de las actuales y futuras generaciones. No hay duda de que estamos ante una encrucijada histórica, pero para cuya comprensión cabal se requiere echar una mirada al entorno regional, dado el papel relevante de nuestro pequeño país en el panorama de la geopolítica mundial. Estamos en el Mar Caribe, definido desde los tiempos de Teddy Roosevelt como traspatio del imperio más poderoso militar y económicamente de la historia. Por lo que lo que pase en el Norte de nuestras fronteras, sobre todo en los países que mayor influencia han tenido en nuestra vida política como son los Estados Unidos y México, marcan en gran medida la cancha dentro de la cual se juega el partido de nuestra vida política nacional. Los Estados Unidos viven su mayor crisis desde la Guerra de Secesión (1860-65); México ve desmoronarse el Estado Nación que construyó luego de su cruenta Guerra Civil (Revolución). Ambos países se ven afectados hoy por un proceso de descomposición en su unidad nacional (Estados Unidos) y como estado fallido (Méjico). Costa Rica sufre las calenturas de esa neumonía que afecta a sus gigantes vecinos, debido a la dependencia comercial y a la influencia cultural ante esos países en razón de la decisión nacional de abrirse a los mercados mundiales. Nuestra dependencia con el mercado norteamericano se selló con el cuestionado TLC y el consumo de drogas, que nos ha convertido en un camino ineludible entre los carteles de Colombia y México; lo cual está llenando de sangre y dolor a nuestro hasta no hace mucho apacible país.

Bajo la ideología del neoliberalismo, impuesto por Óscar Arias en su primer gobierno (1986-1990), Costa Rica ha visto deteriorarse su Estado social de derecho y destruido el pacto social y político luego de la Guerra Civil de 1948 y sellado por la Constitución de 1949. Este pacto profundizó las reformas sociales de 1943. El precio que ha tenido que pagar Costa Rica por convertirse con Rodrigo Carazo en la retaguardia estratégica de la guerra civil que azotó a Centro América, fue ceder antelas imposiciones de organismos financieros internacionales, con lo que se incrementó la brecha social que hoy ha polarizado peligrosamente a nuestro pueblo y ha deteriorado los servicios que, por norma constitucional, debe suministrar el Estado a los sectores populares y de clase media en el campo de la salud, la educación pública y la seguridad ciudadana. Esos logros, que han hecho de nuestro país un objeto de admiración y un ejemplo a seguir en todo el subcontinente, se han visto sistemáticamente deteriorados desde que los Arias asumieron el liderazgo del movimiento político más longevo y poderoso que ha tenido Costa Rica en su historia, como ha sido el Partido Liberación Nacional. Bajo la presión imperial del Norte, el Partido Liberación debió compartir el poder con el partido antagónico y tradicionalmente representativo del conservadurismo tico y en el que se refugió un calderonismo militar y políticamente derrotado. El bipartidismo fue la expresión pseudodemocrática de no pocos países de América Latina durante la segunda mitad del siglo XX, época que duró en el mundo la Guerra Fría.

En la actualidad Occidente se debate en una crisis que tiene visos de enfermedad terminal. Las ideologías han venido a menos; la tendencia hacia una nueva guerra fría que podría convertirse en la antesala de una guerra de alcance planetario, se agiganta con las imprevisibles y brutales decisiones del actual inquilino de la Casa Blanca, que mantienen al mundo entero al borde de una catástrofe. Las ideologías antagónicas durante la Guerra Fría han sido reemplazadas, al menos parcialmente, por corrientes fundamentalistas de inspiración religiosa, que ya han causado, según datos de Naciones Unidas, al menos ocho guerras de religión en los más dispares puntos del planeta luego del fin de la Unión Soviética.

Todo lo anterior ha tenido insospechadas consecuencias en la política nacional. La descomposición de los partidos tradicionales ha hecho que anden locamente desesperados por obtener posiciones de mando en el gobierno que suponen asumirá próximamente. Mientras tanto, el país sufre los dolores del parto de una nueva época. Los movimientos de raíz popular y los de clase media han sufrido una dura derrota electoral, pero han reaccionado pronto y se alistan para dar la pelea. Ha surgido una nueva generación de políticos, como lo muestra el hecho de que los dos candidatos ganadores no superan los 40 años; tampoco provienen de la alta burguesía, no son ni abogados ni economistas como solía suceder, sino que son profesionalmente periodistas, con lo que están demostrando la repercusión de la revolución tecnológica en la comunicación en lo que atañe al campo de la política. Pero esto no es más que apariencia; el poder real sigue en manos del sector más conservador, que ejerce su pode por medio de los equipos económicos de ambos candidatos, a través de las cámaras patronales y de los medios comerciales de comunicación, que cumplen la función de partidos políticos. Como reacción a la crisis estructural que afecta al capitalismo mundial, el nuestro busca mantener su ancestral hegemonía refugiándose en el más ramplón conservadurismo, siguiendo la consigna de que hay que cambiar algo para que todo siga igual. En nuestra política se han cambiado los rostros de los candidatos, los colores de las banderas partidarias, pero en la realidad todo sigue igual.

Pero eso es tan solo una estrategia dilatoria. El heraclíteo río de la historia no se detiene; nada ni nadie lo detendrá; los cambios vendrán. De nuestra sabiduría depende que no se conviertan en una tragedia. Para lograrlo, es indispensable que, más allá de las crisis económicas y de los conflictos sociales, consecuencia de las políticas neoliberales, los costarricenses seamos capaces de construir un país más auténticamente democrático, basado en la justicia social, el respeto a la diversidad cultural y amante de nuestra biodiversidad. Lo cual presupone que se dé un nuevo sujeto histórico que sea protagonista y portavoz de este nuevo ideal político. Lo anterior sólo se logrará si los sectores marginados avanzan en conciencia y organización, forjando un proyecto de nación capaz de insuflar dinamismo y esperanza a quienes la han perdido o corren el riesgo de perderla. Para ello hay que comenzar por derrotar el fundamentalismo religioso y toda forma de falso cristianismo camuflado de ideología imperial. La hegemonía de Occidente está en crisis y, con ella, el cristianismo institucional como su expresión legitimadora e ideológica. En la historia de Costa Rica, la Iglesia católica ha jugado el papel de conciencia ética y patriótica; lo ha ratificado haciéndose presente en las encrucijadas más dramáticas que han marcado el rumbo histórico del país. Tal es el caso del apoyo del Obispo Llorente y la Fuente al padre de la Patria, el Presidente Juan Rafael Mora Porras, en la guerra patria de 1856; o la beligerancia política del Arzobispo Víctor Manuel Sanabria Martínez, al lado del líder comunista D. Manuel Mora Valverde, apoyando la reforma social emprendida por el Presidente Rafael Ángel Calderón Guardia en 1943. Hoy los verdaderos cristianos, procedan de donde procedan, deben denunciar al fundamentalismo sectario delirante que amenaza con hacernos retroceder en nuestras conquistas democráticas. Hay que hacerse presente en esta hora dramática de nuestra historia, porque Costa Rica está en su más grave encrucijada desde la década de los 40.


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