Cortar la cuerda: Una historia sobre salir de la zona de confort
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Cortar la cuerda: Una historia sobre salir de la zona de confort

Un alpinista se preparó durante varios años para conquistar el Aconcagua, la cumbre más elevada de América. Conociendo todos los riesgos, inició su travesía sin compañeros y sin hacer caso a las previsiones meteorológicas, en busca de la gloria solo para él. Empezó a subir y logró avanzar hasta que la tormenta prevista inició y el alpinista cayó a una velocidad vertiginosa. Tenía la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. En ese momento tan angustioso sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos. Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura.
Suspendido por los aires sin ver absolutamente nada en medio de la terrible oscuridad, no le quedó más que gritar: “¡Ayúdame Dios mío, ayúdame Dios mío!”. El silencio se hizo presente, pero él insistió y con cierto grado de enfado gritó: “¡Señor, si de verdad existes, ayúdame!”. De pronto escuchó una voz en su interior que le decía: “Corta la cuerda que te sostiene”. Al alpinista le pareció absurda la propuesta de su voz interior, pero volvió a sonar la misma frase: “Corta la cuerda que te sostiene”. El alpinista no quiso hacer caso y siguió suspendido.


Al día siguiente, el equipo de rescate que llegó en su búsqueda, lo encontró muerto, congelado, agarrado con fuerza, con las dos manos a la cuerda, colgado a tan solo dos metros del suelo.
Esta imagen nos sirve de metáfora para explicar lo que sucede muchas veces cuando nos aferramos a nuestra zona de confort. Para el alpinista, lo lógico era seguir atado a la cuerda, aún a sabiendas de que moriría. Cortar la cuerda supondría un salto al vacío, un vacío que, en esta ocasión, tan solo tenía dos metros de altura. Así, nosotros mismos no somos capaces de cortar los lazos de unión con nuestra área de seguridad, en la cual sabemos que no podremos progresar o salir adelante.
El miedo a lo desconocido, a esa caída libre que supone arriesgarse fuera de los límites de lo habitual, por muy negativo que este sea, nos impide, no ya mejorar nuestra situación profesional, sino incluso salvarnos. Esto es lo que ocurre con muchas personas que viven momentos de verdadera angustia, como el alpinista, pero que prefieren la seguridad de un final dramático antes que experimentar el riesgo de lanzarse a buscar nuevos horizontes.
Esta parálisis no solo afecta a empleados, también afecta a empresarios y altos ejecutivos que, en mitad de la tormenta, quedan atados a esa metafórica cuerda que es la de su zona de confort. Mientras tanto, la evolución del mercado, los cambios en el entorno competitivo o las situaciones complejas creadas por una gestión errónea, siguen su camino, como lo hizo la tormenta que mató al alpinista. Porque la zona de confort no es garantía de nada en un mundo en continua evolución.
A veces ni siquiera solicitamos ayuda porque no queremos escuchar el consejo que ya sabemos que vendrá: corta la cuerda.

Francisco Avilés R.
Socio-director Cross&Grow

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