Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 12 Mayo, 2016

 Es hora para la refulgencia del liderazgo presidencial. El tiempo apremia para todos

De cal y de arena

Corríjanme, búsquenme, reclámenme

Una cosa es ganar las elecciones y otra es gobernar. Don Luis Guillermo Solís llegó a la Presidencia de Costa Rica gracias a que en los comicios de abril de 2014 recibió una votación aplastante (solo el Dr. Calderón Guardia consiguió en 1940 la mayoría más grande en la historia de las elecciones). Pero el partido que lo postuló no recibió la cantidad de votos necesaria para asentarse como primera fuerza del Parlamento. Con el paso del tiempo su fracción se evidenció inútil para aglutinar y forjar los respaldos políticos requeridos para impulsar los planes del gobierno, así fuesen escasos, tanto porque pronto entró en el zigzagueo, las incoherencias y la pérdida de rumbo agravados por la ausencia de un liderazgo definido e indisputado de parte del Presidente de la República, cuanto porque las disensiones internas no tardaron en sofocarla y en amellarle el poco filo que tenía. No precisaron muchos meses para evidenciar la distancia que hay entre ganar las elecciones y gobernar. La gestión de gobierno se tornó más difícil cuando en la conformación del gabinete quedó marcada la huella de la heterogeneidad, la inexperiencia política y el desligamiento con un partido que pronto quedó cuarteado. ¿Con cuál vertiente de Acción Ciudadana se identificaba el primer mandatario o este o aquel ministro? El marasmo político alteró las relaciones con la Asamblea y ahondó los efectos negativos de una atomización partidista ayuna de liderazgos. Aun así, milagrosamente el país pudo mantenerse a flote aunque sofocado por las dimensiones de la crisis en las finanzas públicas.
Tan grave ha llegado a ser la crisis provocada por un déficit fiscal próximo al 6% del PIB que ocupó buena parte del mensaje del presidente Solís en su toma de posesión cuando apeló “a todas las fuerzas políticas y sociales a actuar con absoluta responsabilidad en procura de alcanzar —así lo dijo— de aquí a dos años máximo, los acuerdos necesarios para resolver este desafío quizá el más grande que tengamos después de la pobreza extrema”. ¿Qué pasó después cuando LGS alejó de sus prioridades esta cuestión? Hoy, cuando las fracciones parlamentarias que hacen mayoría le toman la palabra y demandan priorizar la racionalización del gasto público, el Presidente vira hacia la imposición de otro orden de prioridades —más ingresos, más impuestos— y entra en colisión con ellas cuando lo lógico es involucrarse en una negociación orientada hacia la concreción de un acuerdo nacional sobre la forma de resolver la crisis. Sin poder político en el Parlamento, debió haber hecho buena la voluntad que externó aquel 8 de mayo cuando comprometió a su administración con una línea de trabajo de consulta y diálogo permanente con todos los actores sociales, resaltada por aquella invocación terminante a todos los costarricenses: “Cuando me equivoque, corríjanme. Cuando me pierda, búsquenme. Cuando flaquee, denme fuerzas. Si no los escucho, reclámenlo”. El quid está en que hay que estar abierto a recibir consejos, a admitir errores, a negociar. Y negociar es transar, ceder hasta buscar el centro del entendimiento plural. Es hora para la refulgencia del liderazgo presidencial. El tiempo apremia para todos.

Álvaro Madrigal