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Luis Mesalles
 
 
Tratan de llenarnos de dudas sobre qué pasará si se aprueba el TLC. ¿Llegará el capitalismo salvaje? ¿Se empezaran a comercializar órganos de seres humanos? ¿Se llevarán el agua en estañones hacia Estados Unidos? ¿Se llevarán la riqueza marina de nuestras costas? ¿Estaremos obligados a comprar medicinas caras, sin poder producir genéricas, aunque estos sean de más baja calidad? ¿Vendrán las compañías telefónicas norteamericanas a vender el servicio de telefonía celular e Internet carísimo, dejándole al ICE los clientes menos atractivos? O ¿Más bien todo lo contrario y vendrán a vender esos servicios baratísimos, dejando al ICE por fuera de la competencia?
Diferentes grupos opositores al TLC nos han ido sembrando todas estas y otras dudas más. Ahora nos dicen que, ante la menor duda, votemos que “no”. O sea, después de oír las razones y analizar los números claros que indican que el TLC es favorable para el país, nos dicen que no les hagamos caso. Con una pequeña duda que haya sobre algún aspecto poco significativo, y que además muy probablemente no sea cierto, mejor quedarse quedito. Nos dicen que no hagamos caso de razones, que escuchemos a nuestros corazones.
Pues, cuando yo escucho a mi corazón, me entra más bien otro tipo de dudas. ¿Cuál es el temor, si ya hoy en día los cafetaleros, bananeros, piñeros, meloneros, productores de flores, follaje, chayotes, minivegetales y tilapias compiten perfectamente en un mundo globalizado? ¿No somos también suficientemente competitivos como para producir microprocesadores, instrumentos médicos o servicios administrativos? ¿Será que alguna gente no quiere que los costarricenses, especialmente los más pobres, se beneficien de la importación de más y mejores productos, a precios más bajos?
¿Será que tenemos miedo a que la competitividad que exige el TLC nos obligará a ser eficientes en el manejo de puertos, sin que los sindicatos puedan bloquear la construcción de un megapuerto en Limón o la ampliación de Caldera? ¿O que se vean los sindicalistas portuarios forzados a trabajar en días feriados y a dejar de percibir sumas millonarias provenientes de convenciones colectivas?
¿Será que tendremos que abandonar esa mentalidad de dejar las cosas a medio acabar, como el puente peatonal frente al Hospital Cima, o seguir posponiendo proyectos de infraestructura claves para el desarrollo del país, como la autopista a Caldera, la de San Carlos o la Circunvalación?
¿Será que nos veremos obligados a culminar la reforma del Estado, eliminando instituciones que hace años cumplieron su propósito original, pero aún así siguen gastando dinero? ¿Nos obligará el TLC a tomar las decisiones que este país requiere para seguir siendo competitivos en un mundo globalizado?
Por eso, cuando escucho a mi corazón, este me dice que votar no al TLC es seguir postergando las decisiones que nos pueden llevar al progreso. Es seguir atascados en una mentalidad perdedora y derrotista. Es decidir quedarse en segunda división, cuando podríamos jugar en primera división.
Por eso, mi cabeza hace rato que dice “sí” y mi corazón también.
 
 
Socio consultor Ecoanálisis
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