Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 9 Septiembre, 2016

Esta campaña ha hecho evidente la existencia de un nuevo actor en la política de Estados Unidos, que podríamos denominar “la nueva izquierda”

Contrastes en el panorama internacional

Como ha sido habitual desde inicios mismos de siglo, el panorama mundial cambia con inaudita fluidez, confirmando aquello de que a nuestra época la caracterizan la aceleración del tiempo y la reducción del espacio.
Lo cual ha hecho que hoy los medios de comunicación nos suministren información de acontecimientos de gran relevancia que nos es difícil asimilar con la misma rapidez con que se suceden.


Esto obliga a quien quiere arrojar un vistazo crítico y amplio del mismo a escoger, según su criterio personal, aquellos hechos que juzga más relevantes; lo cual implica asumir el riesgo de dejar de lado algunos de esos acontecimientos que también merecen ser destacados.
Consciente de lo dicho, me referiré solo a aquellos que considero más relevantes. El rasgo más significativo me parece ser el contraste que palpo entre el Norte metropolitano y el Sur periférico; contraste un tanto paradójico, por no decir contradictorio; teniendo, sin embargo, ambos como rasgo común, la impactante tendencia hacia una polarización de las fuerzas sociales y políticas, que llevan a reiteradas y masivas manifestaciones de protesta o de apoyo a los gobiernos u organismos con poder político, económico o mediático, sin llegar por ello, en la mayoría de los casos, a enfrentamientos militares o guerras abiertas o camufladas, como sucede en la región tradicionalmente más conflictiva en el mundo, como es Oriente Medio.
En el Norte esas expresiones de radicalización se hacen con mayor frecuencia con ocasión de las campañas electorales, cambios de gobierno o consultas populares tocantes a decisiones colectivas de gran trascendencia para los destinos de la nación. Tal es en este último caso, lo acaecido en el Reino Unido y su relación con la Unión Europea.
En concreto, en el Reino Unido se realizó un referendo en torno a su permanencia o no en la Unión Europea, con el resultado, un tanto sorpresivo, de que la mayoría de ingleses y galeses decidieron salir de la Unión Europea. Esta soberana decisión trajo como consecuencia una dramática polarización y crisis de identidad nacional, dado que Escocia e Irlanda del Norte manifestaron su voluntad de permanecer en la Unión Europea aun a riesgo de romper con Inglaterra. Da la impresión de que esas islas, cada día son menos REINO porque cada día están menos UNIDAS. De rebote, este resultado significó un cuestionamiento serio del liderazgo asumido de facto por la Alemania de Angela Merkel. Todo lo cual, unido a la crisis de los refugiados y al involucramiento de la OTAN en la guerra de Siria, ha acrecentado la crisis, por no hablar de decadencia, de una Europa cada vez menos unida, que se siente asediada, tanto por la incontenible oleada de refugiados, como por una crisis económica y social que, comenzando en Grecia, se ha extendido amenazadoramente a otros países del Mediterráneo, como Italia y España.
Esto ha hecho que España se vea envuelta en una crisis de gobernabilidad, que se une al agudo conflicto de identidades nacionales que se manifiesta en las tendencias autonomistas en Cataluña y el País Vasco. España lleva ya casi un año sin tener un gobierno estable, dado que las repetidas elecciones no parecen arrojar un rayo de luz y esperanza que les permita salir del fondo del túnel.
No menos paradójico, por no decir preocupante, es el desenvolvimiento que ha venido tomando la campaña electoral en Estados Unidos. Por tratarse de la mayor potencia económica, militar y mediática del planeta, todo lo que allí suceda tiene una repercusión directa en el ámbito de la política internacional.
Como se trata de un “imperio”, esta noción de “política exterior” solo tiene un sentido formal, carece de contenido real, pues no hay nada que le sea exterior. Lo dicho se da en su máxima expresión en la presente campaña electoral norteamericana. La polarización de fuerzas que hemos constatado en Europa, de forma igualmente inequívoca se revela en la mencionada campaña electoral. El contraste allí no podría ser mayor. El surgimiento de una corriente política autodenominada “socialismo democrático”, que hasta ese momento aparecía como una expresión maldita y, por ende, “políticamente incorrecta” en los medios políticos norteamericanos, gracias al discurso persuasivo, tenaz y directo del senador independiente convertido en precandidato demócrata, Berny Sanders, logró un impulso que si no hubiera sido por la fraudulenta intervención del aparato burocrático del Partido Demócrata, no hubiese causado sorpresa que Sanders ganara la convención. Las “irregularidades” —por emplear una palabra suave— cometidas por la dirección de ese partido para favorecer la cuestionada figura de Hillary Clinton llegó a tal extremo de desfachatez que la propia presidenta del partido se vio obligada a renunciar de inmediato. Pero las cosas no quedaron allí. A pesar de que el propio Sanders pidió reiterada y enfáticamente el apoyo a Hillary, un amplio sector que lo apoyaba se ha negado a seguir sus deseos. Las denuncias en contra de Clinton son de tal magnitud que está siendo indagada por sospechas de haber incurrido en violaciones a la ley cometidas en su desempeño cuando fue Secretaria de Estado (Ministra de Relaciones Exteriores) en la primera administración del actual presidente Obama.
Esta campaña ha hecho evidente la existencia de un nuevo actor en la política de Estados Unidos, que podríamos denominar “la nueva izquierda” compuesta, al igual que en numerosos países de Europa, por jóvenes, que han abandonado las filas del Partido Demócrata y engrosado las de una agrupación hasta entonces pequeña y que podría crecer, como es el Partido Liberal (centro izquierda).
Según recientes encuestas este partido representa el 7% del electorado. Si a ello añadimos el 2% de los verdes, tenemos una corriente de izquierda que podría acercarse al 10% del electorado; lo cual los convertiría en una fuerza política y social que va más allá de lo que ellos han sido tradicionalmente en ese país, a saber, grupos respetables pero cuya importancia en el ámbito político no pasaba de ser testimonial.
Un 10% constituye una realidad política que nadie puede ocultar, a pesar del apabullante y deformante poder mediático de los monopolios trasnacionales. Este sector de las crecientes minorías de izquierda podría jugar un papel significativo si, a medida que se acercan las elecciones de noviembre, las encuestas entre los candidatos de los partidos tradicionales arrojan resultados ajustados.
Si quienes dirigen la campaña de la aspirante demócrata desean consolidar sus posibilidades de triunfo, deberán dar mayor énfasis a los aspectos sociales, so pena de ver comprometidas las aspiraciones por derrotar a Trump, ese esperpéntico millonario que los republicanos en mala hora han escogido como su candidato y que provoca, con justificada razón, pesadillas dentro y fuera de su país.