Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 12 Noviembre, 2015

No hay más que repetir a Jeffrey D. Sachs, catedrático de la Universidad de Columbia: “En Siria solo el multilateralismo puede triunfar…”

De cal y de arena
Con la viga en el ojo propio

El presidente Barack Obama ha descalificado al presidente de Siria, Bashar al-Assad, como participante legítimo en el proceso que se apura para poner término al baño de sangre que desgarra esa parte del Medio Oriente, con graves y desestabilizantes consecuencias en toda la región y más allá. Le echa en cara los cientos de miles de muertos y los millones de emigrantes forzados, efecto directo de la forma en que al-Assad ha reprimido a sus enemigos, indiscriminada en cuanto fumiga por igual a los que piden democracia lo mismo que a quienes hacen causa común con esa espantosa forma de terrorismo que es Estado Islámico (IS).
El Presidente de Estados Unidos tiene derecho a la crítica ácida. Pero no tiene autoridad moral para descalificar a los gobernantes de otras naciones incursos igualmente en operaciones del mismo jaez que las llevadas a cabo por su gobierno sin la autorización de Naciones Unidas y sin un escenario definido por una declaratoria de guerra o con el visto bueno del poder territorial (como lo está haciendo Rusia en Siria).


Lo de Viet Nam, lo de Afganistán, lo de Irak, con napalm ayer y hoy con el auxilio de drones y cohetes teledirigidos, tiene todas las marcas de una agresión sin causa legítima que no hace sino evidenciar la responsabilidad del gobierno estadounidense en el sangriento caos que sufren los habitantes del Medio Oriente.
Clarísima la responsabilidad de George W. Bush Jr. por desatarlo.
Tony Blair, ex Primer Ministro de Gran Bretaña, en entrevista a CNN en días pasados, admitió que “hay elementos de verdad” en las afirmaciones de que la guerra que destronó a Sadam Hussein ocasionó el auge de IS. “Aquellos que lo removimos —dijo— tenemos algo de responsabilidad por la actual situación en Irak”.
Donald Trump, el precandidato presidencial republicano que ha producido tremendo alboroto en su país, también deja escapar verdades como la que soltó el 4 de octubre en el programa Meet the Press: “El mundo sería más seguro con Gadaffi y con Sadam. Igual de caótico será apearse a al-Assad”. El mismo sentido lleva la crítica que ha denunciado la argumentación estadounidense de amparar los derechos humanos de aquellos pueblos levantinos como un simple pretexto para cambiar regímenes desafectos, una estrategia de vieja existencia en los ámbitos de la seguridad nacional de Estados Unidos, fracasada a la luz de los elocuentes hechos del mundo de hoy.
Algunos analistas internacionales coinciden en señalar la diligencia y el sentido realista con que el presidente Putin está abordando el tema sirio, como el desencadenante de la recuperación de la racionalidad. Lo evidencia la conferencia internacional celebrada días atrás en Viena con presencia de los principales involucrados en esta crisis.
No hay más que repetir a Jeffrey D. Sachs, catedrático de la Universidad de Columbia: “En Siria solo el multilateralismo puede triunfar. Las Naciones Unidas siguen siendo la mayor —y, de hecho, la única— esperanza del mundo para detener el derramamiento de sangre siria y poner fin al aluvión de refugiados hacia Europa”, escribió en días pasados este catedrático de la Universidad de Columbia.

Álvaro Madrigal