Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 26 Marzo, 2015

Estamos ante un escenario de riesgos en cierta forma similar al del periodo activo 1963-1965 del volcán Irazú


De cal y de arena

Con el Turrialba encima

Con o sin lava, el volcán Turrialba es bastante peligroso. Tanto como que puede llegar a escalar las cotas de una actividad tan explosiva como la que registró entre 1864 y 1866. Lo advierten los vulcanólogos a la luz del comportamiento del volcán a partir de 1996, en un proceso de beligerancia multiplicada que ya acumula —así, apenas comenzando lo que podría llegar a ser (ojalá no) un largo tránsito por lavas, avalanchas de lodo, flujos piroclásticos y fuertes explosiones— importantes secuelas económicas y sociales.
Se le observa y se le recibe de muy distintas formas: hay gente radicada en puntos muy distantes a los que no les llega ceniza y ni siquiera la posibilidad de un lejano vistazo. Para otros es la molestia de la impertinente llegada de la ceniza que una oportuna y pertinaz lluvia posibilita remover.
Pero lo peor está por allá arriba, en las áreas inmediatas de afectación, con cultivos y lecherías golpeados en distinta cuantía y forma, con residentes forzados también a cambiar su domicilio. Lo devastado está en La Silvia y La Picada; ahí no queda un árbol con follaje, todo es destrucción e impresionante expresión de un paisaje lunar, legado de la masa de materiales expulsados, ácidos que devastan a su paso llevados por los caprichosos vientos que en un abrir y cerrar de ojos cambian el rumbo del arrastre para ruina de las perspectivas de quienes persisten en el trabajo.
Tierra arrasada… ni modo, no hay más que abandonarla. Ahí se vive con la paja tras la oreja, a la espera de lo peor y en total dependencia de los caprichos de Céfiro. ¡Qué año hemos tenido por allá!… Lluvias inclementes desde noviembre, el Turrialba “cabreado”, una pendeja luminosidad solar y un termómetro remiso a subir.
Estamos ante un escenario de riesgos en cierta forma similar al del periodo activo 1963-1965 del volcán Irazú, escribió el vulcanólogo Rodolfo van der Laat semanas atrás. Él y sus colegas de solvencia profesional se cuidan de hacer pronósticos pues en esta materia están prohibidos. La incertidumbre, pues, se hace presente: qué hacer con aquella finca de la que hubo que sacar el ganado o que se iba a sembrar con papa y a la que por ratos se dificulta llegar porque la autoridad veda el paso.
¿Por cuánto tiempo? ¿Hasta dónde cabe correr riesgos y trabajar esas tierras próximas al cono, como sucede en Italia? Se recalca la existencia de peligros en los ámbitos del segundo anillo de afectación volcánica, menos acentuados en los del tercero, donde todo depende de que haya una erupción, de su intensidad y de qué rumbo le den los vientos. Mientras tanto, apelar a los onerosos insumos para amortiguar este desvarío y armarse de paciencia a la espera de que las autoridades competentes tomen en serio su deber de reparar los caminos rurales de por allá (destruido está el del hotel de Tony Lachner a San Rafael de Irazú y el de San Gerardo de Irazú) y de que se ocupen de poner orden en la prolija cantera de pregoneros que desde Ovsicori, CNE, RSN y Sinac abordan (sin orden ni concierto a veces) estos temas.

Álvaro Madrigal