Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 19 Marzo, 2015

El efecto de esta suma de errores será parecido al de las sanciones a Cuba, que solo han servido para endurecer al régimen y no para provocar su caída


De cal y de arena

Con amigos así ¿para qué enemigos?

Y ahora, don Barack, ¿qué sigue en su recetario para el tratamiento del caso Venezuela? ¿Socavar y desestabilizar al régimen? ¿Invadir? Descartada esta última opción, es evidente que para desestabilizarlo no requería dictar la orden ejecutiva que promulgó (como no lo necesitó su país para provocar el golpe de Estado contra Allende), de modo que su orden pasará a la historia como un fatal error que el gobierno de Nicolás Maduro aprovechará para denunciar la injerencia yanqui y para pedir leyes habilitantes que no van sino a apretar el nudo de la soga en el cuello de la oposición beligerante.
La que se está jugando el pellejo en las calles venezolanas, no la que goza con holgura en Miami y también por estos lares.
No creo que todo se circunscriba a una simple declaratoria de la crisis en Venezuela como una amenaza para Estados Unidos y a una orden de medidas sancionatorias contra siete colaboradores del régimen sospechosos de violaciones a los derechos humanos.
Venezuela no constituye ninguna amenaza para Estados Unidos pero su inclusión en tal denominación confiesa sin sonrojos la pobre perspicacia política reinante en Washington, incapaz de una correcta interpretación de la cambiante realidad latinoamericana, muy sensible por cierto al uso de los pretextos con que se arroparon las invasiones de Grenada y de Panamá.
El efecto de esta suma de errores será parecido al de las sanciones a Cuba, que solo han servido para endurecer al régimen y no para provocar su caída.
Aquella hermosa inspiración que marcó los primeros años de la gestión de Hugo Chávez y que dio merecido cumplimiento a las demandas populares de justicia social (la pobreza descendió del 50% en 1999 al 20% en 2011 con envidiables avances en salud, educación, equidad, infraestructura en el eje del vasto programa “Misiones” financiado con la enorme riqueza petrolera) aunque hoy es recuerdo, vale como hito histórico que ha dejado honda huella en la sensibilidad y los valores de estos pueblos que siguen clamando por libertad pero también por justicia.
En medio de un caos económico y ético que atiza el descontento popular, el régimen ha derivado hacia el autoritarismo, el atropello de los derechos humanos y la profundización del maniqueísmo social y político.
No es aventurado concluir que esto en buena medida puede conducir al gobierno a una derrota en las próximas elecciones parlamentarias. Maduro —que conoce de las fisuras en su partido— lo sabe y bien podría amañar el proceso a partir de las metidas de pata de Obama y de la oposición. Al pueblo venezolano hay que librarlo de una conflagración. Y en las presentes circunstancias lo racional es promover la negociación. Lo está demandando la Unión Europea, preocupada por la crisis y cuidadosa de emitir sanción alguna. También Unasur en resolución unánime, sabedora del significado que tiene la política de tierra arrasada.
Y si John Kerry, secretario de Estado, ahora ha abierto la página de la negociación con el presidente de Siria, Jafet Al Assad, ¿por qué no con Maduro?