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Miércoles, 23 de enero de 2019



COLUMNISTAS


Con orgullo protejamos nuestra democracia

Miguel Angel Rodríguez [email protected] | Lunes 14 enero, 2019


The Economist publicó la semana que recién pasó su Índice de Democracia. De conformidad con la puntuación obtenida este índice divide las naciones en cuatro categorías: democracias plenas, democracias defectuosas, regímenes híbridos y regímenes autoritarios. La puntuación se obtiene en las siguientes categorías: procesos electorales y pluralismo, libertades civiles, funcionamiento del gobierno, participación política y cultura política.

En su introducción señala: "Un país, Costa Rica, pasó de ser una democracia defectuosa a una democracia plena; en el otro extremo del espectro, un país, Nicaragua, pasó de ser un régimen defectuoso a un régimen autoritario. Un total de 42 países experimentaron un descenso en su puntuación total en comparación con 2017; en 48 países se registró un aumento en la puntuación total. Pero como un porcentaje de la población mundial, menos personas vivieron en 2018 en algún tipo de democracia (47,7%, frente a 49,3% en 2017). Muy pocos de quienes vivieron en algún tipo de democracia (4,5%) lo hizo en una democracia plena. Un poco más de un tercio de la población vivió bajo un gobierno autoritario, una gran parte de ellos representado por China". (Traducción libre del autor)

En todas las categorías, excepto participación política, el promedio mundial ha venido disminuyendo desde 2008 cuando se inició este Índice de democracias, y en los tres años anteriores a 2018 cayó la puntuación mundial total.

Este estudio afirma: “En un contexto de desilusión con la democracia en la práctica y en su valoración, y de disminución de las libertades civiles, es notable que aumente la participación política. El claro desencanto con las instituciones democráticas formales no ha impedido que la población participe en ellas. Incluso al tiempo que ha caído la confianza en los partidos políticos, su membresía y la de otras organizaciones políticas han aumentado”. (Traducción libre del autor)

 Claro que nuestros resultados deben llenarnos de orgullo y deben también, creo, llamarnos a la reflexión: ¿Por qué mejoramos? ¿Qué riesgos corremos en un mundo en el que aumenta la proporción de gente que no disfruta de vivir en algún tipo de democracia; en el cual menos de una de cada 20 personas vive en una democracia plena (en América solo Canadá, Uruguay y Costa Rica), y en el cual campean en Europa y América los populismos y se reduce el aprecio ciudadano por la democracia liberal? ¿Cómo enfrentar —sin que se deteriore nuestra democracia— este tiempo de relativismo, de hechos alternativos, de pérdida de fe en las elites, de “civilización del espectáculo”, de aumento de la desigualdad y de debilitamiento y fragmentación de los partidos políticos?

Costa Rica se coloca en la posición 20 entre 167 países. Lo logró avanzando tres posiciones y alcanzando una calificación total de 8,07, con excelentes calificaciones en procesos electorales y pluralismo (9,58) y en libertades civiles (9,12). De esta manera volvemos a la Categoría de democracia plena que habíamos perdido cuando a partir de 2012 empezó a bajar nuestra calificación. Este año la calificación más baja la obtuvimos en participación política con un 6,67, que está a nivel de democracia defectuosa. También estuvimos en ese nivel en las categorías de funcionamiento del gobierno y cultura política, en cada una de las cuales obtuvimos 7,5.

Es de señalar que el avance de Costa Rica se dio en las clasificaciones de participación política y cultura política. El avance en esas categorías que son las que obtenían calificaciones menos favorables, nos permitió ser junto con Uruguay (posición global 15 con una calificación de 8,38), las dos únicas naciones en Latinoamérica y el Caribe que califican como democracias plenas.

No nos debe extrañar que la mayor desventaja de Costa Rica respecto a Uruguay se da en el funcionamiento del gobierno.

No puedo dejar de relacionar los avances en cultura y participación política con el pasado proceso electoral y con la conformación del gobierno de unidad del bicentenario, y me alegra ese fortalecimiento de nuestras queridas instituciones democráticas.

A la vez frente a las interrogantes que dejo planteadas sobre retos y amenazas para nuestra democracia, me siento obligado a señalar la gran necesidad de reformar el gobierno para hacerlo más participativo en la nueva realidad política (mis propuestas de hace 30 y 20 años respectivamente, de elección de diputados por lista nacional y distritos legislativos y de gobierno semiparlamentario) y más eficiente (evaluación de resultados, rendición de cuentas, costos unitarios).

Ante los peligros externos e internos, debemos unirnos para resaltar nuestros valores democrático-liberales, y para hacer más eficaces y eficientes el diseño, la aprobación y la ejecución de las políticas públicas sociales y económicas que promueven la justicia y el bienestar.

 





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