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Con ojos de fan

| Viernes 29 febrero, 2008



Con ojos de fan

La aventura para disfrutar del concierto de Iron Maiden empezó a las 10 a.m. del mismo martes; la fila de vip era, como se esperaba, monstruosa

Marcello Pignataro
Para La República

Luego de hacer algunas diligencias por la zona, conseguimos un espacio a unos 25 metros de donde se iniciaba la fila. Aprovechamos algunas distracciones del público —que jugaba con una bola de fútbol para matar el rato— y, literalmente, nos metimos.
Las puertas se abrieron con una puntualidad impresionante. A eso de las 4.30 p.m. ya estábamos ubicados adonde íbamos a disfrutar del “chivo”. Las horas de espera dentro del estadio se hicieron más largas que las de todos los días anteriores sumados.
La puntualidad siguió haciéndose presente y, a las 8 p.m. salió a escena Lauren Harris. Unos 25 minutos estuvimos escuchando su rock pop y se despidió de todos.
A esas horas los pies dolían, la espalda dolía. Conocí partes de mi cuerpo ese día que no sabía que tenía, pero que el dolor o la molestia me las presentaron. De un momento a otro el cansancio fue reemplazado por una energía y una adrenalina impresionantes. ¡Ya entraba Maiden!
A las 8.58 p.m. se apagaron las luces y se escuchó “Doctor, Doctor” de U.F.O., seguida de la célebre “Transylvania”. Luego nos empezó a hablar Sir Winston Churchill y aquello fue una explosión.
“Aces high” abrió el espectáculo y el griterío era ensordecedor. A pesar de que me encontraba en una excelente ubicación para lo que se refiere al sonido, el cantante Bruce Dickinson ni se escuchaba, dado que tenía 27 mil personas haciéndole el coro… o mejor dicho: la canción completa.
El setlist, conocido por prácticamente todos los que estábamos presentes, siguió la cronología esperada. Algunas pausas tuvo que hacer Dickinson porque la multitud no lo dejaba ni cantar. Eran tales la euforia, la emoción y la alegría que se vivían en ese estadio, que hasta se les veía la cara de satisfacción a los miembros de Iron Maiden ante lo que era su primera y tan esperada visita a suelo tico.
Las canciones sonaban y el público —como una sola voz— las cantaba con precisión y entusiasmo. En mi caso ya para la sexta canción mi voz había decidido partir hacia otros lares y lo único que podía hacer era una especie de “lip-synch” para que medio pareciera que estaba “cantando”.
Por dicha por ahí apareció “The rime of the Ancient Mariner” y los minutos instrumentales me permitieron recuperarme un poco.
Finalmente apareció “Hallowed be Thy name” —luego de cantarle cumpleaños al guitarrista Adrian Smith— y las dos horas de concierto más esperadas por muchos se esfumaron y pasaron a formar parte de un sinnúmero de historias personales que quedarán grabadas en nuestra memoria por muchos años.
Impresionante el orden de la gente, el respeto hacia los demás, el enorme compañerismo que demostramos a lo largo del día. Una verdadera muestra de civismo y buen comportamiento que dejará calladas muchas bocas inquisidoras que se pronunciaron antes del magno evento.
Al finalizar, prometieron que volverían… Los esperamos con ansias.
UP THE IRONS!