Comunidad solidaria
Es una complicidad holística en la toma de decisiones subculturales.
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Huele a incienso y a pescado, a flores y cebolla, a jazmín y ajo; huele a humanidad. Lidier Fonseca ya está ahí. Viajó desde Pérez Zeledón.

Cristian Morales viene de Paraíso de Cartago, tiene 25 años y 10 de ser agricultor, se dice orgulloso de su trabajo, mientras un comprador lo interrumpe: “¿a cómo la vainica?”, pregunta. El joven sonríe y logra su venta. El cliente se marcha luego de un apretón de manos.

Desde Santa Cruz de Turrialba llegaron Martín Solano y sus dos hijas, Gloriana y Fiorela, 20 años de lechería están detrás de ellos, y el puesto a punto de colapsar por la espesa clientela demandando sus productos.

Aquí huele a hierbas medicinales, pescado, flores, frutas, sudor y hasta fútbol. El Sol es inclemente, pero no impide a Dora Ortíz y su esposo Antonio Rivera, amparados bajo la sombra de una leve lona, gritar: “¡Lleve, lleve su lechuga!”. Ellos se despertaron el día anterior a las tres de la madrugada, en Oreamuno de Cartago, fueron al campo, colectaron lechugas, cebollinos, culantro; los lavaron y empacaron, y ahora los ofrecen a cuanto pasa frente a ellos. “Con la venta salimos al rastre”, dice Dora en referencia a lo “duro que está la cosa”, sosteniendo dos enormes ramos de pachoe, vegetal altamente consumido por los asiáticos y en el campo costarricense principalmente.

Orgulloso saprisista, Mayelo Pacheco explica el valor nutritivo de los quelites del chayote, la parte más joven donde nace la flor de esta verdura, y que sirve, dice Pacheco, hasta para erradicar la anemia: “sí señor, mire, usted lo licúa así crudo y se toma poquitos durante el día, lo cura”, dice “el morado”. Mayelo también lamenta que la generación actual ni conoce el producto, razón por la que le cuesta venderlo, “la gente de antes lo usaba en casi todo, es riquísimo, con papas, huevo, carne, lo que quiera”, dice.

A la par de su puesto está la taiwanesa Amy Chen, con su novio José Morales, conocido como el “rasta”. Sí, una asiática y un Tico unidos por el amor y el comercio: venden flores. Con la ganancia de hoy le comprarán a sus compañeros algunos alimentos. Quizá a Lidiet León y Andrea Alfaro, quienes desde las 4 de la mañana llegaron a instalar el puesto desde el que venden pollo.

Iryna Utsianiova, de Bielorrusia,  y Anna Torganova, de San Petersburgo, preparan “blinchiks” para la venta, una especie de crepa a la rusa.

Gabriela Cover está comprando huevos a Marisol Hidalgo, cuenta a Candilejas que “me encanta venir a la feria, encontrarme con mis excomapañeros de colegio, obtener productos frescos, es un paseo para mí”, expresa Cover.

Se observa un comportamiento, tanto del productor como del consumidor, caracterizado por un holismo natural, es decir, una complicidad en la toma de decisiones de los miembros quienes componen esta subcultura, llamada “feria del agricultor”.

Gabriela casi deja caer los huevos que recién compró al notar un hombre quien caminando habla solo: “zanahorias, papas, culantro…me falta repollo blanco y morado”, dice como si estuviera hablándole a alguien.

Está por terminarse la feria de hoy, pero para los productores, cada final es un nuevo inicio.


Carmen Juncos y Ricardo Sossa

Editores jefes y Directores de proyectos

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Fuentes: Clerc, Denis. “Dictionnaire des questions économiques et sociales”. Ed. L’Atelier Ouvrieres. París, 1997. /  Entrevistas a vendedores. Feria del agricultor Hatillo # 3. 14 de agosto 2016 • Fotos: Cortesía.

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