Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 28 Septiembre, 2015

Jorge Bergoglio, Francisco I, el Papa, terminó su discurso de cincuenta minutos con un clásico “God bless America” y fue ovacionado de pie

Como una estrella de rock

Salió del avión convencido de que, como siempre, el viento trataría de arrebatarle el solideo. Decidió sacárselo y llevarlo en la mano. De lo contrario lo perdería nuevamente: como en Quito, como en Manila.
Luchar en contra del vuelo de la esclavina era inútil. Ya se había acostumbrado a que la pequeña capa se convirtiera en una aureola o que le cubriera la cabeza desnuda de solideo.
Al menos sus viejos zapatos negros le aseguraban la comodidad que necesitaban sus pies planos. ¡Y pensar que más de uno trató de convencerlo de que se enfundara en los mocasines rojos de Prada!
También lo aliviaba contar con un traductor como Marcos Miles: el joven sacerdote proveniente de Gibraltar era bilingüe de nacimiento.
En esa pequeñísima península británica de 28 mil habitantes convivían seis parroquias, dos mezquitas, cuatro sinagogas, una catedral protestante, una iglesia escocesa, una metodista, otra pentecostal, una iglesia evangelista y un templo hindú. Curioso.
Y él venía de Cuba. ¡De Cuba! ¡Y en qué momento! El bloqueo de Estados Unidos en contra de la isla había empezado en 1960 y parecía que iba a ser eterno. No. Se había acabado.
Sus antecesores habían viajado, sí. Cincuenta años atrás, el penúltimo italiano visitó Nueva York, aunque no siendo reconocido como Jefe de Estado.
El primero no italiano viajó siete veces a Estados Unidos, compartiendo con diversos presidentes. Y el único que renunció, durante su breve pontificado celebró su cumpleaños número 81 en ese país del norte de América.
Y ahora era él quien, presa del viento pero cercano a su traductor, llegaba a Washington. Y, claro, el recibimiento estaba a cargo del Jefe de Estado de una de las máximas potencias del mundo. No era cualquiera. No. Era el primer presidente negro de los Estados Unidos.
Barack Obama, su esposa y sus hijas, sin ser católicos, lo recibieron con admiración. Al Jefe de Estado del Vaticano.
Con el solideo bien puesto y la esclavina acomodada habló ante los representantes de todos los estados del país del norte: diputados y senadores lo recibían en el Capitolio.
No se amilanó. Aunque no domina bien el inglés, leyó un discurso con intención, con pasión, con acentos emocionales. Y habló de los inmigrantes, del cambio climático, en contra de la pena de muerte y del trasiego de armas.
Era evidente que algo había cambiado. No solo el siglo. Otra cosa. El pensamiento.
Porque ni el Che Guevara podía imaginar que el bloqueo en contra de Cuba terminaría algún día, ni Rosa Parks que un presidente negro llegaría lideraría su país, ni Camilo Torres Restrepo, el sacerdote colombiano, que un latinoamericano llegaría a ser Papa.
Jorge Bergoglio, Francisco I, el Papa, terminó su discurso de cincuenta minutos con un clásico “God bless America” y fue ovacionado de pie.
Horas después condenaría la pedofilia en la emblemática Catedral de San Patricio y al día siguiente, ante la ONU, pediría a los gobiernos garantizar el techo, el trabajo, la tierra y la libertad.

Claudia Barrionuevo
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