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Colombia en el congelador


El hecho de que el Congreso y el Senado de Estados Unidos, ambas cámaras bajo control demócrata, mantengan el congelamiento al Tratado de Libre Comercio entre ese país y Colombia, no logra sino alimentar los argumentos de las Fuerzas Revolucionarias Armadas de Colombia (FARC) y darle la espalda a la esforzada lucha que el gobierno del presidente Alvaro Uribe mantiene por el fortalecimiento de las instituciones democráticas.
La Cámara Baja aprobó el aplazamiento indefinido a la votación del acuerdo comercial. Ineficaces han sido los llamados de George W. Bush, presidente de Estados Unidos, y el clamor, rayano en la súplica, del gobierno colombiano; pues la presidenta de la Cámara Baja, Nancy Pelosi, parece inconmovible.
Uribe incluso ha reiterado su invitación para que Pelosi visite Colombia y vea los avances en seguridad, con el objeto de que se ratifique el TLC e hizo extensivo ese llamado a otros congresistas estadounidenses.
Por su parte, la presidenta de la Cámara de Representantes mantiene su oposición al tratado y ha acusado a Bush de estar “distanciado” de las preocupaciones de los trabajadores en este país. Estas acusaciones hacen un eco electoralmente conveniente de la posición adversa al tratado de los principales sindicatos estadounidenses.
Junto al tratado, señalado por la administración Bush como una de sus prioridades en la agenda de política internacional, también acumulan polvo las promesas de un mayor desarrollo e inversión para Colombia. Así, en lugar de favorecer el crecimiento económico del país suramericano a través del comercio formal, la oposición inflexible al acuerdo no hará más que fomentar el comercio informal.
Cae como un flaco favor la postergación de un tratado que favorecería a la economía colombiana a través de mayores inversiones de Estados Unidos, principal socio comercial de Colombia. La situación además debilita las relaciones de Washington con su principal aliado en la lucha contra el narcotráfico.
Las grandes agrupaciones sindicales de Estados Unidos deberían dejar de ver en los tratados comerciales una amenaza a los puestos de trabajo, para descubrir una oportunidad de internacionalizar los preceptos sindicalistas y fortalecerse en el campo internacional.


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