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Sábado 11 Octubre, 2008

Cincuenta años de lucha


Corría el año 1956 cuando éramos un grupo de quinceañeros en tercer año de colegio. Una de las costumbres de los profesores era pedirnos que leyéramos frente a la clase una composición que nos habían dejado como tarea.
En esa oportunidad le tocó el turno a un tímido compañero, quien hablando un tanto cohibido frente a la clase, expresó su creencia de que su destino lo llevaría a ser Presidente de la República. Todos nos volvimos a ver con sonrisas irónicas, ya que en ese momento tanta presunción no pasaba de ser un sueño.


El tiempo transcurrió, nos graduamos del St. Francis en 1958, y cada cual tomó un rumbo diferente. Algunos estudiaron en el país, otros salimos a una universidad extranjera. Por muchos años bien poco supimos de nuestros mutuos destinos.
Sin embargo, el alumno que expresó públicamente su convicción de que el futuro le deparaba la presidencia, regresó al país con un doctorado, el cual había obtenido en Inglaterra. Sus pasos lo acercaron a don José Figueres Ferrer, quien lo nombró su ministro, a una temprana edad. Ese nombramiento de ministro recayó en la persona de Oscar Arias Sánchez.
La carrera de Oscar ha sido apoteósica. Nunca he sido amigo cercano de él, pues hemos circulado por rumbos muy diferentes. En las últimas cinco décadas, probablemente hayamos conversado un máximo de 30 minutos, más que todo en reuniones de ex compañeros, las cuales solemos efectuar con alguna frecuencia.
Lo anterior no quita que no haya seguido su trayectoria brillante con gran detenimiento, así como con una buena dosis de orgullo. Es por eso que ahora, ya en el ocaso de su extraordinaria función pública, me producen gran tristeza y desazón los ataques que ha estado sufriendo, en mi opinión básicamente injustos.
En este país, desafortunadamente juzgamos más por la forma que por el fondo.
No he de negar que algunas de las actuaciones del Gobierno han dejado bastante que desear en cuanto a la forma, poco elegantes en más de una oportunidad y algo deslucidas. Sin embargo, si vemos el fondo de las intervenciones desde el inicio de esta Administración, no podemos sino aceptar que nuestro país está años luz mejor que lo que estuvo hace pocos años, en buena parte por el rumbo que Oscar le ha impartido.
Es fácil criticar desde fuera de las trincheras, donde la batalla está lejana.
Yo me pregunto quién de nosotros no tiene algún pecadillo escondido. Podría este ser el haber solicitado la no entrega de factura para evitar el impuesto de ventas, quizás el andar manejando con más de un trago entre pecho y espalda, “olvidarnos” de presentar la declaración de la renta, o quizás ignorar la restricción vehicular. En lo personal, creo haber sido culpable de todo lo anterior en algún momento de mi vida. Si los ciudadanos de este país se ponen la mano en el corazón y dejan a un lado la hipocresía, creo que buena parte sería culpable de lo mismo y más, incluyendo a algunos periodistas que se creen impolutos y divinos.
En la vida humana no existe la perfección. A la hora de juzgarnos hay que tener en cuenta lo bueno y lo malo, sobre el fiel de la balanza. Haciendo un recuento breve de lo que el Dr. Arias Sánchez ha dado al país, la balanza se inclina, sin lugar a duda, hacia lo positivo. Sus cincuenta años de lucha han sido en pos de una sociedad más justa, de una mejor repartición de la riqueza, de una democracia mejor cimentada, de una abolición a nivel mundial de gastos armamentistas. Visto lo anterior, ¿qué le reclamamos tanto? Para no ser Dios, ha hecho un trabajo realmente eficiente.
En este país que tanto me ha dado, la costumbre de bajar pisos, criticar a todo aquel que trabaja, echar al ruedo insinuaciones sin base, es asunto de todos los días. La consigna con frecuencia parece ser ni prestar el hacha ni picar leña. Es una consigna altamente nefasta, que ha impedido que seamos un país del primer mundo.
Sin ser un historiador ni pretender serlo, creo que nuestra República ha tenido una regular dosis de buenos políticos, pero muy pocos grandes estadistas.
Recordemos que todo estadista es político, pero no necesariamente un político es estadista. En mi opinión, hemos tenido solamente cuatro grandes estadistas: el Dr. Castro Madriz, don Braulio Carrillo, don José Figueres Ferrer y el Dr. Oscar Arias Sánchez. Aprovechemos la oportunidad que se nos presenta en esta coyuntura histórica única.
Finalizo estos pensamientos con una sugerencia, quizás un ruego para mis compatriotas: demos al césar lo que es del césar. Permitamos que Oscar gobierne como bien sabe hacerlo. La historia lo aprobará, y Dios y la patria nos lo agradecerán.

José Luis Sáenz Gutiérrez
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