Alberto Cañas

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Sábado 8 Marzo, 2014

A diferencia de 1914, la decisión está hoy exclusivamente en el pueblo


Chisporroteos


8 de marzo de 2014. Hace hoy exactamente cien años, el 8 de marzo de 1914, El Congreso Constitucional (como se llamaba entonces lo que hoy es la Asamblea Legislativa, y que constaba de 40 diputados y 18 suplentes) enfrentaba una situación que no tenía precedentes.

La elección presidencial, celebrada en diciembre, le había dado una mayoría relativa al candidato don Máximo Fernández, dejando en segundo y tercer lugar a los expresidentes don Carlos Durán y don Rafael Yglesias. No habiendo el triunfador obtenido la mayoría absoluta (la mitad más uno de los votos) que la Constitución exigía, correspondió al Poder Legislativo escoger el Presidente entre los dos candidatos más votados (Fernández y Durán). Pero Fernández era lo que hoy llamaríamos izquierdista aunque sumamente moderado, y los grupos económicamente poderosos del país no lo querían, razón por la cual se dieron a buscar votos, entre los diputados de Yglesias, para elegir presidente a Durán. Fernández la vio venir, y en un alarde de olfato político, renunció a su candidatura, y allá que el Congreso le encontrara solución al asunto.
Tras mucho tejemaneje, y a quién elegimos, por quién van a votar los diputados de Yglesias, y veinte o cien etcéteras más, se llegó a la conclusión de que la renuncia de Fernández no habilitaba como aspirante a Yglesias, que había sido eliminado en la elección popular. Y que no teniendo el Congreso dos candidatos entre quienes elegir, lo que procedía era nombrar Designados (nombre que recibían los tres vicepresidentes, no de elección popular sino de nombramiento legislativo), y llamar al primero de ellos al ejercicio del poder.
Aquí volvió a brillar la malicia política de Máximo Fernández, que, líder indiscutible del Partido Republicano, le dio la luz verde a un diputado herediano de su partido, que terminaría sus funciones el 30 de abril, y que después de cien años no se sabe si fue él quien se lo sugirió al diputado Federico Tinoco, que estaba en medio de las negociaciones, o si el nombre de Alfredo González Flores lo sugirió éste último.
Lo cierto es que le presentaron al Presidente don Ricardo Jiménez un compromiso firmado de una mayoría de diputados del Congreso de mayo, de elegir primer designado a don Alfredo González, y el presidente Jiménez en un acto con mucho de irregular pero con nada de ilegal, puso los cuarteles del país a cargo de militares comprometidos con la fórmula González Flores.
Y el 1 de mayo de 1914, don Alfredo fue nombrado Primer Designado, y llamado al ejercicio de la presidencia. La gente no lo sabía, pero se trataba de un personaje de ideas más avanzadas que Máximo Fernández.
Una solución como esa no es legalmente posible hoy, porque ya la Asamblea Legislativa no nombra, y la Constitución ordena una segunda elección el primer domingo de abril entre los dos candidatos que obtuvieron mayor votación.
La renuncia del señor Araya a su candidatura no tiene efectos legales ni es válida, de suerte que sus partidarios podrán votar libremente por él, el primer domingo de abril, y haría bien el hasta el momento candidato triunfador, señor Solís, que obtuvo una mayoría en la elección de febrero, en pedir a sus partidarios que duerman con un ojo abierto (con los dos si se puede), y que todos concurran a votar en la elección de abril, no vaya a producirse una sorpresa, y que los arayistas hagan caso omiso de renuncias, y salgan todos a votar contra un candidato mayoritario descuidado.
Las situaciones de 1914 y 2014 son similares, dentro del sistema vigente hace cien años y el sistema vigente hoy. Pero a diferencia de 1914, la decisión está hoy exclusivamente en el pueblo, que ya dijo su palabra, pero está obligado por la ley a repetirla en abril.


Alberto F. Cañas