Alberto Cañas

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Miércoles 4 Septiembre, 2013

El fallecimiento de Samuel Rovinski, un costarricense de lujo, es una pérdida para la cultura en general y las letras en particular


Chisporroteos

La desaparición de Samuel Rovinski no sólo me aflige profundamente en lo personal sino que constituye una pérdida cuantiosa para la cultura de la Patria, tanto por lo que él significaba como escritor y pensador, como por su conducta personal de caballero, sin tacha, de ciudadano correcto y de excelente amigo.
Aunque su actividad literaria fue principalmente de dramaturgo y narrador, hay trabajos suyos como ensayista y como guionista cinematográfico por ejemplo, que merecen atención y estudio.
Muere sin haber recibido, como lo merecía, el premio Magón de cultura. En ocasiones en que como miembro del jurado lo propuse, sentí que lo que se oponía a él eran prejuicios raciales y religiosos que muy pocas veces he palpado en Costa Rica durante mi larga vida.
Repaso su considerable obra de escritor, y voy encontrando en ella joyas a cada paso. Es probable que su memorable farsa Las Fisgonas de Paso Ancho sea la pieza teatral más popular que tiene Costa Rica, pero me parece que por la que será recordado el dramaturgo a lo largo de las décadas será por la memorable, inolvidable La Víspera del Sábado, donde un incidente auténtico de los días de la segunda guerra mundial y del acoso oficial a los descendientes de alemanes e italianos provocó, en la propia casa de los Rovinski, uno de los actos más conmovedores de fraternidad y solidaridad que puedan imaginarse entre personas que, convertidas oficialmente en enemigas por una declaración de guerra, siguen siendo solidarias y amigas en momentos de tensión. Es difícil que en nuestra literatura encontremos una pieza teatral más profunda y conmovedora que La Víspera del Sábado. Ella, por sí sola, le concede a Samuel Rovinski un sitio de honor en nuestras letras y nuestro teatro.
Otra obra suya que tiene garantizada la permanencia, son los conmovedores y realistas Cuentos Judíos de mi Tierra. En fin, no voy a repasar en estas líneas su extensa bibliografía, pero no quiero dejar de mencionar el famoso éxito que tuvo principalmente fuera de Costa Rica, El Martirio del Pastor, drama sobre el asesinato del obispo salvadoreño por fuerzas militares.
Recuerdo con interés su paso por la dirección del Teatro Nacional, donde se empeñó en convertir la Sala Vargas Calvo en un escenario de dramaturgia costarricense con oportunidades para los autores nuevos, posición de la cual cayó mediante una destitución acordada por la Ministra de Cultura de aquel entonces y único caso en 116 años en que el Director del Teatro Nacional ha sido destituido. Y sin dar razones.
La pérdida es de la cultura en general y de las letras en particular. Pero deja una obra pura, vigorosa, sana, en cuyo trasfondo hay todo el tiempo una gran comprensión de su pueblo y de su gente, que ha de permanecer vigente. Ese es el deseo de quien lo quiso, lo respetó, lo admiró y lo consideró un costarricense de lujo, de los que se dan pocos y nunca se reponen. Descanse en paz.

Alberto F. Cañas