Alberto Cañas

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Sábado 20 Abril, 2013

Si la Presidente de la República me pidiese consejo (que no me lo va a pedir), le diría que forme un nuevo gabinete, confirmando en su puesto únicamente al Ministro de Relaciones Exteriores


CHISPORROTEOS

En algún lugar del país tenía que estallar la cosa y fue en San Ramón, cantón de tradición brava si los hay. Los ramonenses no aceptan que les cobren más por venir a San José. Así de sencillo. Y esto puede desembocar en que todo el país se pronuncie por el tradicional sistema costarricense de que las carreteras, las calles en general, y los caminos públicos, son de uso gratuito por todos los habitantes. Como fue siempre en los mejores días de nuestra democracia.
Podríamos decir que desde 1821 el Estado costarricense (y su antecesor el centroamericano), vinieron construyendo las obras públicas, y el pueblo disfrutándolas. Pero desde hace poco menos de 20 años, se ha puesto de moda dar las carreteras en concesión. Cualquier día se les ocurre hacer lo mismo con las escuelas.


Y el pueblo de San Ramón ha dicho que no. Que no acepta el aumento con que lo amenazan y el tema ha hecho crisis. El país se ha cansado de que le cobren por transitar por todas las carreteras nuevas. Y lo hace con plena conciencia de que la más grande de las últimas décadas, la carretera Braulio Carrillo, la construyó la administración de Daniel Oduber, y nunca le han cobrado un cinco a nadie por transitar por ella.

El hecho es que los recientes gobiernos han estado tan huérfanos de haber descubierto el negocio de la concesión, que prácticamente han desmantelado el Ministerio respectivo, y si ahora decidieran emprender la construcción de alguna nueva carretera, no tendrían como.
Los propios gobernantes se han cortado la coleta y han convertido la concesión a particulares prácticamente en una obligación.

Pero los ramonenses se enojaron. No hay que ser tan anciano como este servidor de ustedes para acordarse de la época en que el Ministerio de Fomento, o de Obras Públicas, o de Transportes (que los tres nombres ha tenido) era un orgullo nacional. Los edificios no se caían ni las carreteras se llenaban de huecos. Los mejores ingenieros del país colaboraban con el Ministerio, y todo marchaba regularmente.

Yo no sé qué podrá hacer la señora Presidente ante la crisis gravísima que se le ha planteado, a pocos días del escándalo del 11 de abril. Un gran estadista, don Cleto González Víquez, afrontaba crisis como ésta cambiando su gabinete, y una crisis de gabinete es, por lo general, en los países más civilizados, la mejor manera de abrir una página nueva y empezar otra vez.
Si la Presidente de la República me pidiese consejo (que no me lo va a pedir), le diría que forme un nuevo gabinete, confirmando en su puesto únicamente al Ministro de Relaciones Exteriores, que es de los buenos.
Y no se diga que ya es muy tarde, la última crisis de gabinete de don Cleto ocurrió en junio de 1931, o sea dos meses más tarde que el día de hoy. Hace falta ver caras nuevas, nombres nuevos pero no desconocidos ni improvisados. Hay que buscar dentro de toda la República las mejores personas e integrar un gabinete de refresco, que no esté unido a ninguna de las tortas de los meses recientes. Sobre todo, hay que tener muy en cuenta que el asunto lo están tomando los ramonenses muy en serio, y con ellos los palmareños y demás vecinos.

Esto podría convertirse en una crisis enorme para el gobierno, y hará bien la señora Presidente si concluye que el país está pidiendo un cambio, y que el cambio debe comenzar en el Poder Ejecutivo.
 

Alberto F. Cañas