Alberto Cañas

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Miércoles 3 Abril, 2013

Cuando los intereses que se alzan contra ellas son principalmente económicos, la situación se les pone difícil a las pobres tradiciones


CHISPORROTEOS

Tratando de encontrar tranquilidad y paz personal, me fui a pasar la Semana Santa, en compañía de los hijos que tengo aquí y de sus respectivos cónyuges, a una propiedad un poco remota que mi yerno posee cerca del hermoso lago artificial que conecta las provincias de Guanacaste y Alajuela. Una casa bien provista, pero en la que no hay televisión. Solamente soledad y silencio.

La soledad me llevó a meditar sobre lo que eran las Semanas Santas en los años de mi infancia, adolescencia y juventud, cuando toda la vida parecía detenerse, cuando no se veía un vehículo en la calle, cuando los cines estaban cerrados el viernes y los demás días sólo proyectaban películas de tema religioso, o de ambiente parecido al que se conmemoraba. No era raro que entre la programación cinematográfica de esos días se deslizara alguna Cleopatra o cosa así. Casi que lo único que se les pedía a las películas que se proyectaban los lunes martes, miércoles y jueves santos, era que los personajes calzaran sandalias. El sábado la vida era como en cualquier otro día del año.

La ausencia de vehículos en las calles era total. Y una vez, ya veinteañeros, en el carro del único de nosotros en cuya casa había automóvil decidimos él y yo darnos una vuelta motorizada por San José. Lo que nos gritaron y una piedra que dio contra un vidrio del vehículo aunque sin dañarlo, nos condujeron tranquilamente de regreso al garaje.

Y, por supuesto, los expendios de licor estaban cerrados. Toda una tradición española y colonial mantenida por la costumbre.

Ahora, el lobby de los cantineros va logrando que, en cantón tras cantón, permitan el expendio de licor durante la Semana Santa, y los cines proyectan cualquier clase de películas. Una tras otra, las tradiciones españolas centenarias van aflojando, para dar sitio a costumbres de inspiración comercial y origen norteamericano, que tienden a que las celebraciones religiosas no se proyecten sobre la vida cotidiana de las personas.

Hay una torpe escuela de pensamiento en los Estados Unidos, que sostiene que los católicos son más propensos que los protestantes a hacerse comunistas. Ignoro (y lo ignora todo el mundo, en qué se basa tal creencia, pero es lo cierto que los norteamericanos gastan millones de dólares en convertir a los católicos latinoamericanos al protestantismo, millones que mejor destinaran a convertir al cristianismo a los activos musulmanes que tanto bochinche causan.

En el lugar remoto y verde donde realmente me escondí (sólo una persona estaba enterada de mi paradero, reflexioné mucho sobre lo que acabo de consignar y otros temas afines, y concretamente sobre los cambios que he indicado en la manera que teníamos los costarricenses de mi infancia y juventud de respetar los llamados días santos, y la manera que las generaciones actuales tienen de no respetarlos, es decir, de tratarlos como días comunes y corrientes, sobre todo en interés del comercio de licores.

Hay cosas y fenómenos que son inevitables. La sociedad tiende siempre a cambiar, a estar cambiando. Lo que es interesante es dilucidar con qué rumbo, con qué intención y por qué medios está cambiando. Estoy seguro de que mi madre se sentiría incómoda en las semanas santas actuales. En lo que a mí concierne, me refugié esta vez tan lejos del mundanal ruido, que no percibí en carne propia el cambio. Pero sin haberlo percibido en carne propia, de alguna manera lo resiento. Lo resienten el niño y el joven que fui y que todavía llevo dentro de mi ser. Me es muy claro que nos sentíamos oprimidos por la tradición, pero no nos rebelábamos contra ella. Las tradiciones son fuertes, pesadas y autosuficientes. Cuando los intereses que se alzan contra ellas son principalmente económicos, la situación se les pone difícil a las pobres tradiciones.


Alberto F. Cañas