Alberto Cañas

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Miércoles 22 Enero, 2014

Como sucede con la inmensa mayoría de los buenos poetas, leer a Julieta Dobles no requiere esfuerzos mentales como los que exigen ciertos compatriotas suyos


Chisporroteos

Lo que voy a decir hoy es algo que, hasta donde mi memoria alcanza, nadie ha hecho antes en este país.

Pero ha sido tan grande la aprobación que en los círculos que de ello entienden, ha tenido la adjudicación del Premio Magón a Julieta Dobles, que me decido a proclamar que fui miembro del jurado que lo otorgó.
Por cierto que creo necesario aclarar un error en que ha incurrido La Nación: con el de este año, el Premio Magón no se ha otorgado once sino cincuenta y una veces. La primera, a Moisés Vincenzi, en 1953.
Dentro de una brillante generación que le ha dado a nuestro país muy buena poesía, Julieta Dobles se ha distinguido por la claridad y sencillez de la suya, y por el amor a su patria y a su terruño que la han caracterizado. Como sucede con la inmensa mayoría de los buenos poetas, leer a Julieta Dobles no requiere esfuerzos mentales como los que exigen ciertos compatriotas suyos cuya calidad no vamos a discutir ni a negar en esta ocasión.
He sido miembro de muchos jurados. Pero no recuerdo ninguna ocasión en que uno de que formé parte haya tomado una decisión tan rápida y contundente como la que le otorgó el Magón del 2013 a nuestra notable poetisa. Casi podría decir que en el mismo acto en que nos juramentamos, llegamos a un acuerdo. Creo que todos teníamos en mente a la misma persona.
En los últimos años, y en muchos casos por empeño de los delegados de la hoy difunta Asociación de Autores controlada por principiantes y adolescentes, se habían venido sucediendo premiaciones que sólo podrían calificarse de extrañas.
Ha habido por ejemplo premios a personas que nunca habían publicado nada más que artículos periodísticos, que no pertenecían por ningún lado al campo de las letras, o que eran simplemente competentes empleados públicos. Espero que el premio de este año sirva de ejemplo y, de paso, que la Asamblea Legislativa no apruebe un proyecto de reformas a la ley de premios que allí existe, y que daría al traste con todo, cuyos autores se desconocen y se han negado sistemáticamente a discutir en público con quienes lo adversamos.
He lamentado como el que más, que figuras del calibre y méritos de Clotilde Obregón y Samuel Rovinski hayan fallecido sin recibir ese premio que tanto merecían.
Espero que el otorgamiento de premios calificables de raros no obstaculice en el futuro que otra vez fallezcan sin él quienes lo merecían de pleno derecho.
Me he empeñado dentro de la editorial de la UNED en que se publique, con criterio de obras completas, pero sin calificarlas de tales mientras ella viva, los libros de Julieta Dobles, pero la importancia del premio que le ha sido otorgado es tan grande, que no puedo menos que salir a proclamar que soy uno de los tres responsables de ese acierto.
 

Alberto F. Cañas