Alberto Cañas

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Miércoles 6 Noviembre, 2013

Tenemos que empeñarnos en que las campañas vuelvan a tener el carácter de entusiasmo que antaño tuvieron. Facilitarle al ciudadano que exprese su partidarismo sin gastar dinero propio, que frecuentemente no tiene


Chisporroteos

Mucha gente con la que converso me manifiesta su extrañeza ante la pasividad silenciosa con que se desarrolla la campaña presidencial. Han desaparecido, me dicen y coincido con ellos, los entusiasmos y alegres griterías que caracterizaban nuestras magníficas campañas presidenciales de hace cuarenta y cinco años.

Es cierto. La campaña que estamos viviendo (más presenciando que viviendo) es silenciosa, tranquila, y para muchos costarricenses es como si no existiera. Es más: para muchos no existe. Y todos echamos de menos el entusiasmo que por doquier se notaba en las campañas de hace cuarenta y cincuenta años. Es cuestión de preguntarse qué falta.

Y tengo para mí que las campañas de antaño eran visibles, mientras que las de ahora son invisibles. Y me he preguntado qué fue lo que las invisibilizó. Qué es lo que antes veíamos y sentíamos y hoy no sentimos ni vemos.

Lo que antes veíamos y ya no vemos eran las banderas. Los costarricenses embanderaban sus casas, y uno de los gastos favoritos de los partidos eran las banderas que repartían entre sus partidiarios y éstas enarbolaban en sus casas, vehículos, y tejados (y los más pobres convertían luego en ropa interior para sus niños).

Ahora salimos a la calle y no vemos síntomas de campaña presidencial. Concluyo que la disposición del Tribunal Supremo de Elecciones de no reconocer como gasto legítimo de los partidos lo que empleaban en banderas, es responsable de que la campaña política no esté, como antaño, en las calles, en las casas, en los tejados, en todas partes, despertando el entusiasmo de los ciudadanos.

Le toca al Tribunal, necesariamente, tomar medidas para volver a despertar el entusiasmo nacional por las elecciones. Es necesario volver a tener campañas con colorido, con banderas, con entusiasmo mostrado en las casas y en los vehículos y por dondequiera iba el ciudadano, haciendo despliegue de su partidarismo.

Tenemos que empeñarnos en que las campañas vuelvan a tener el carácter de entusiasmo que antaño tuvieron. Facilitarle al ciudadano que exprese su partidarismo sin tener que gastar dinero propio, que frecuentemente no tiene. Y que las campañas electorales vuelvan a ser el despliegue de colores que antaño, en nuestras mejores épocas, fueron.

Alberto F. Cañas