Alberto Cañas

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Sábado 6 Julio, 2013

Siento que el teatro costarricense ha perdido (con el fallecimiento de Andrés Sáenz) un elemento importante, culto y entendido que sabía opinar en alta voz. Pocos costarricenses han ejercido la crítica teatral con tanta preparación y conocimiento como él


Chisporroteos

El fallecimiento de Andrés Sáenz produce un vacío muy serio en los círculos adictos al teatro. Actor, director y crítico, en los últimos años sólo esta última actividad desarrolló, cuestión de edad supongo, y fue un crítico severo, sin concesiones y sin temor a crearse enemistades, que es la condición inicial y suprema que hay que exigirle a todo crítico.

Siendo su padre funcionario diplomático, Andrés aprovechó esa residencia en el extranjero para estudiar teatro. Y posiblemente, que yo sepa, ninguno de nuestros hombres de teatro tenía estudios como los suyos.

Conforme avanzaba su edad, se fue retirando de los escenarios, para refugiarse en las localidades del crítico. En lo que a mi persona y experiencia atañe, guardo un magnífico recuerdo de Andrés como uno del irrepetible grupo de comediantes que congregó Jean Moulaert en 1976 para representar más de noventa veces mi farsa TARANTELA.

Pocos costarricenses han ejercido la crítica teatral con tanta preparación y tanto conocimiento como él, y precisamente por eso su partida es una pérdida mayor. Pero su trabajo de crítico queda para el estudio de las nuevas generaciones en los volúmenes que lo reúnen y que han sido publicados por la editorial de la UNED.

Como todo el que ejerce la crítica, se hizo de enemigos. No solo en Costa Rica los artistas resienten (en vez de agradecerlos si están bien sustentados y no se limitan a adjetivar) los comentarios negativos que se hagan en la prensa a su obra.

Siento que el teatro costarricense ha perdido un elemento importante, culto y entendido que sabía opinar en alta voz. Y que yo he perdido un amigo cuya conversación me era deleitosa no sólo por instruida sino también por lo bien que Andrés sabía sustentar sus opiniones.

Paz a sus restos y ojalá encontremos pronto alguien que lo sustituya como crítico serio, responsable y conocedor.

Alberto F. Cañas