Alberto Cañas

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Miércoles 25 Abril, 2012


CHISPORROTEOS


Algo extraño me sucede, y es que continuamente tengo que posponer algún tema político o cercano a la política, para ocuparme de la desaparición de un personaje importante.
Se trata hoy del notable actor José Trejos, cuya vis cómica en los años de oro de nuestro teatro lo convirtió no sólo en una formidable atracción de taquilla sino también en una figura señera de la escena.
Junto a personalidades como Ana Poltronieri, Quitico Moreno, Haydée de Lev, Virginia Maroto, Luis Fernando Gómez, Alfredo y Carlos Catania, Fernando del Castillo, José Tassies, Oscar Castillo, tantos otros, Trejos formó la pléyade de intérpretes que, bajo la batuta de directores como Daniel Gallegos, Lenin Garrido (también actor de consideración), Carlos Catania, Esteban Polls, Jaime Hernández, convirtieron el teatro en una de las más claras y puras actividades culturales de Costa Rica hasta el momento, creo que 1982, en que desapareció el Teatro de la Aduana, abierto todo el año, para que luego desapareciera la Compañía Nacional de Teatro, y descendiera lo que se ofrece, hasta la vergonzosa cartelera que se anuncia en los diarios, y la imposibilidad de los jóvenes intérpretes que gradúan las universidades y el Ministerio de Cultura mismo en su innecesaria escuela, de emprender una carrera sistemática de crecimiento artístico.
José Trejos es seguramente el mejor actor cómico que ha tenido nuestro país, a más de ser un hombre de excelente cultura teatral, que varias veces fue galardonado con el premio anual al mejor actor.
En lo que a este columnista se refiere, nunca olvidaré cómo Trejos, haciendo trío con Ana Poltronieri y Luis Fernando Gómez, convirtió mi comedia Uvieta en un éxito pavoroso de crítica y taquilla que llegó a las cien funciones. Creo que el público que creía estar aplaudiendo la obra, estaba aplaudiendo a sus tres notables intérpretes estelares.
Cosas así ya no parecen posibles. Sin el respaldo del Ministerio de Cultura, los intérpretes jóvenes no tienen oportunidad de hacer carrera bajo la tutela de directores de primera línea. No se hace ya carrera. La producción en general es de piezas improvisadas que muchas veces no se sabe de donde vienen, o de fáciles comedias de Moliere, con intérpretes noveles que se lucen y son aplaudidos, para muchas veces no volver a ser vistos durante muchos años, o conseguir una posición en un colegio de secundaria.
La desaparición de ese gran actor y esa gran persona que fue José Trejos, debería poner a las autoridades culturales a pensar. Cuando yo dirigí el Ministerio, coloqué a Trejos en la Junta Directiva de la Compañía Nacional de Teatro, encargada de formular los programas anuales que se ofrecerían a los directores. Es decir, una programación con finalidad clara y objetivos claros, entre otros el de ir dando oportunidades a los actores jóvenes que estaban contratados. Siempre fue Trejos el hombre que traía las soluciones porque conocía mucho teatro y mucho de teatro, y sabía qué estaba y qué no estaba al alcance de la compañía, tal y como ella existía.
No sé cuántas veces en los últimos años añoré la posibilidad de volver a ver a José Trejos en el escenario y aplaudirlo a rabiar. Se ha ido, pues, un gran actor. Y yo he perdido un queridísimo amigo.

Alberto F. Cañas