Alberto Cañas

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Sábado 14 Abril, 2012


CHISPORROTEOS


Ignoro de donde demonios sacó mi apreciado Vladimir de la Cruz, que el apellido materno del general José María Cañas era Gutiérrez. Aunque él nunca lo usó, su segundo apellido era Escamilla, por cierto nicaragüense. Y sus descendientes hemos seguido la costumbre de él, principalmente porque su hijo don Rafael nos lo inculcó. Es suficiente, decía y no hay que adornarlo. En mi caso, particular, a pesar de que tengo un apellido materno del que también me enorgullezco, también por razones de historia patria.
La monomanía de los apellidos maternos nos ha conducido a que las actuales generaciones no distingan a Juan Mora Fernández de Juan Rafael Mora. En la época de Guardia y presumo que a instancias de los profesores españoles del colegio San Luis Gonzaga, se concluyó, que aunque ninguno de los dos Moras: don Juan y don Juanito había empleado su segundo apellido, conocer al primero por ese segundo apellido y al otro por su segundo nombre, Juan Mora Fernández y Juan Rafael Mora, los haría inconfundibles. En esa forma están mencionados en sus respectivos monumentos. Y a fe que los de las generaciones que siguieron, incluso la mía, jamás confundimos a los Moras.
Pero apareció alguien, supongo que en el Ministerio de Educación, que decidió encajarle el Porras a don Juanito, y desde entonces todo el mundo empezó a hacerse un lío con los dos próceres. La mnemotecnia de 1870 y pico fue condenada al fracaso.

José María Cañas era hijo del padre Marcelo Avilés y de Francisca Cañas Escamilla. Los padres de ella, Juan José de Cañas e Inés Escamilla (nicaragüense ella) lo adoptaron y así adquirió los dos apellidos de su madre. Tres hermanos y cuatro hermanas suyas, de la misma filiación, fueron tratados de la misma manera. Aparentemente, dicho sea sin ánimo de ofender, don Juan José y doña Inés alcahuetearon las relaciones de su hija con el cura.
Todo está claro, pero nada de Gutiérrez por ninguna parte. Ojalá en Costa Rica adoptáramos el sistema francés, de concederle a la persona su nom de guerre. O sea que cada uno, dentro de los nombres con que lo bautizaron y los apellidos que le tocaron, escoge y decide cómo quiere ser conocido y llamado, y eso se le respeta. La obligatoria cédula de identidad no obliga a nadie ni a ser conocido ni a llamarse con toda la nomenclatura que ella o la fe de bautismo contienen.
Costa Rica a más de lo explicado sobre Mora Fernández ha tenido tres presidentes que fueron conocidos y firmaron con sus dos apellidos: Cleto González Víquez, Rafael Angel Calderón Guardia y José Joaquín Trejos Fernández. Además, acaso por su cercanía de su gobierno con el de don Cleto, se ha conocido a quien se hacía llamar Alfredo González a secas, como Alfredo González Flores.
Y eso es todo. Lo demás es pura cédula de identidad. Todavía está por verse si a José María Figueres lo conocerá la posteridad por su segundo nombre, o como Figueres Olsen, que él nunca se ha hecho llamar así.
Es cosa muy sencilla, que es común en todas partes del mundo. Sólo aquí hemos convertido los apellidos maternos en una monomanía.

Alberto F. Cañas