Alberto Cañas

Enviar
Miércoles 11 Abril, 2012


CHISPORROTEOS

Declaro que estaba preparándome para proponer que una vacante que existe en la Academia Costarricense de la Lengua, la llenáramos nombrando en ella al novelista Hernán Elizondo Arce, cuando me sorprendió la noticia de que había fallecido en Esparza, a los 90 años.
Irrumpió repentinamente en la fama nacional, en 1964, cuando obtuvo el primer premio en el concurso de novelas que convocó, no tengo claro si la Dirección de Artes y Letras y la Editorial Costa Rica, y la novela premiada, MEMORIAS DE UN POBRE DIABLO, se convirtió al publicarse no más en un notable éxito de librería como se confirmó a lo largo de repetidas re-ediciones.
Es una novela sobre los problemas agrarios de Guanacaste, escrita en Tilarán donde el autor residía. La condición bastante ”cartaga” de Tilarán y del novelista, provocó que los guanacastecos de la península no la acogieran con el entusiasmo que sí despertó en el valle central. Pero el nombre del autor comenzó a brillar esplendorosamente en el pequeño mundo literario de nuestro país.
Escribió muchas novelas más, más de media docena, que tuvieron siempre buen acogida, y de ellas me inclino a destacar como la mejor de todas (mejor incluso que la que lo reveló como escritor), la titulada ADIOS, PRESTIÑO, novela llena de picardía ubicada en San José, en Barrio Cuba o sus alrededores del sur de la capital, y durante un entierro, que se publicó en 1984.
No creo que ninguno de nuestros escritores haya hecho un uso más acertado de nuestro lenguaje popular que Elizondo Arce en esta incomparable novela tan llena de observación psicológica y social, tan llena de humor, y escrita con un lenguaje tan auténtico.
Sin embargo, como parece ser costumbre, no se le concedió el premio Aquileo de novela ese año, y, para remachar, lo declararon desierto. Así son los jurados de los premios nacionales.
Alguna vez, este escritor publicó un libro de poemas (según me cuentan, patrocinado por don Pepe Figueres), pero se trataba de poesía pasada de moda, respetuosa de la rima y la medida, de intención clásica o romántica, que pasó inadvertido.
Trabajador constante, buen cultivador del idioma, (del idioma castellano y del idioma popular costarricense) narrador imaginativo que a veces se salía de la realidad cotidiana para contar historias casi fantásticas, Hernán Elizondo Arce nos deja una creación literaria de buen calibre, ajena a modas, despreocupada de lo que se estuviese escribiendo en otras latitudes, muy consciente por otra parte, de los gustos populares, a los cuales se dirigía pero sin hacer concesiones como hacen hoy ciertos dramaturgos, sino educando.
Trabajó en silencio, trabajó con tesón, residió siempre fuera de San José lo que le permitió no ser parte de círculos ni de camarillas, y ser un notable trabajador solitario. Estoy seguro de que falleció convencido de que su obra literaria no será olvidada sino más bien revaluada conforme pasen los años. Paz a sus restos.

Columna de Alberto F. Cañas