Alberto Cañas

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Miércoles 22 Febrero, 2012


CHISPORROTEOS


Es muy probable, casi seguro, que existan temas más importantes que el que me propongo tratar hoy con ustedes, pero la verdad es que no resisto la tentación de hacerlo, porque es una clara demostración de que nuestra querida República de Costa Rica se ha puesto tonta.
¿Pues no acaban de aprobar nuestros inefables legisladores (que aprueban muy pocas cosas), una multa para quien encienda un cigarrillo en un lugar público, por ejemplo una parada de buses?
El ciudadano encenderá su cigarrillo. Inmediatamente se le acerca un policía (que mejor estuviera dedicado a otra cosa) y ¿qué hace con él? ¿Lo detiene? ¿Le hace un parte? ¿Le decomisa el cigarrillo y se lo apropia? ¿Le decomisa la cajetilla? Lógicamente le hará un parte, y el neo-delincuente habrá de pagar una multa. No se sabe dónde, no se sabe cuándo. A lo mejor se hace el tonto, no la paga, y a otra cosa.
Es curiosa la persecución constante de que los diputados hacen objeto al tabaco. Y la indiferencia con que ven el horroroso vicio del alcoholismo, aumentando el número de cantinas, y disminuyendo la distancia que debe existir entre ellas y las iglesias y escuelas.
Digo todo esto porque fumé durante más de cincuenta años, y un buen día dejé de fumar. Ningún miembro de mi familia ha padecido de los pulmones. Dos persona para mí muy queridas: un primo que era casi un hermano y un íntimo amigo y compañero de trabajo, fallecieron de cáncer en el pulmón víctimas del fumado. Pero ninguna de las personas que los rodearon ha padecido de nada. Todo lo cual me hace creer que eso de que el humo del tabaco afecta a terceras personas es una matráfula. Nadie me ha mencionado el nombre de un sola persona que haya contraído el cáncer del pulmón por tener un fumador cerca. Imagínense ustedes la probabilidad que hay de que el humo de un cigarrillo encendido y fumado al aire libre pueda dañar los pulmones de alguien.
La nueva ley es ridícula porque distrae a las autoridades de tareas más serias y necesarias, en un país abrumado por la delincuencia y concretamente por la delincuencia callejera. Y crea una especie de delito artificial que indudablemente va contra la libertad individual del ciudadano. Mientras tanto, el lobby de los cantineros sigue logrando éxitos, a pesar de que el alcohol sí destruye al adicto en vida, aunque no lo mate, destruye las familias, y con más frecuencia de la cuenta es hereditario. Pero no tiene ninguna restricción (cuando prohibieron totalmente en los Estados Unidos la situación más bien fue peor).
Habrá que ver si es constitucional prohibir que se lleve a cabo una acción que no está firmemente demostrado que le haga daño al prójimo.

Alberto F. Cañas