Alberto Cañas

Enviar
Sábado 17 Diciembre, 2011


CHISPORROTEOS


Realmente debe afligirnos la desaparición sorpresiva de Leopoldo Barrionuevo, ese singular argentino que llegó a Costa Rica hace más de medio siglo, se instaló aquí, contrajo amistades innumerables, trabajó seriamente en su profesión de asesor de empresas (que debe de tener otro nombre que hoy se me escapa), y se incorporó a la vida costarricense como un tico más
Advierto que no fue el primero en hacerlo, porque en realidad (además de las coincidencias idiomáticas), hay un curioso lazo que une a argentinos y costarricenses, y que nos hace bienvenidos a cada uno en la patria de los otros. En la historia y los recuerdos de los ticos figuran los nombres de numerosos diplomáticos argentinos que aquí hicieron de las suyas, y cuyo recuerdo permanece inmarcesible.
Mi relación con Leopoldo comenzó en el diario Excelsior, en el cual colaboró con una magnífica serie de artículos sobre el tango que luego recogió en un libro que debería publicarse otra vez. Mi propia afición por el tango me hizo buscar la amistad y la conversación de quien tanto sabía y tan sabrosos artículos estaba escribiendo sobre tan grato tema.
La presencia de Leopoldo en la vida comercial y empresarial costarricense, de la cual se convirtió en un impagable asesor, contribuyó a afincarlo más aquí. A la larga terminó siendo un tico de tomo y lomo, y los ticos estamos hoy lamentando la desaparición de otro tico.
Hay algo que en algunos países de Centroamérica no entienden, y es la notable afinidad que los costarricenses tenemos no solo con los argentinos, sino en general con todos los sudamericanos. Motivo es este para que un buen sociólogo lo estudie. Por lo pronto hoy me limito a lamentar la ausencia inexorable de quien fue un buen amigo para mí, y para todos los demás costarricenses.

Alberto F. Cañas